Posteado por: arnaldomirabal | 30 julio, 2013

Para llenar el viandero se necesita……

 

Foto: Ramón Pacheco

Foto: Ramón Pacheco

Por Arnaldo Mirabal  Hernández

Es domingo en la mañana. En un viejo edificio de Colón, situado frente a una iglesia, se encuentra el Mercado Agropecuario Estatal El Favorito. En el gran portal se venden paquetes de espaguetis y las siempre habituales jabitas de nailon.

Hacia el interior se aprecian diversos productos agrícolas como tomate, boniato, yuca, variedades de plátanos, frijoles. Todo bien dispuesto en las tarimas, menos el arroz, ausente el día de nuestra visita.

Las personas llegan en bicicleta o a pie. Recorren el lugar y lanzan una ojeada. Algunos hallan lo que buscan, otros deciden tomarse un refrescante guarapo, o simplemente seguir a la caza del alimento de la semana.

Ángel Alvarado López y su esposa Celeida Nodas optaron por acudir hasta allí, para comprar un “pepino” de puré de tomate a 16 pesos, como nombran a los pomos plásticos de refresco.

Para Ángel, el mercado está surtido, pero los precios aún continúan elevados. “Deben bajar más. Veo bien el trabajo de Acopio. No se puede negar que hay productos, tanto aquí como en el mercado de los millonarios”.

Así los colombinos llaman jocosamente al de Oferta y Demanda. Al parecer, de ese viene una mujer de mediana edad y rostro muy serio. Al tratar de conversar con ella me espeta “conmigo mejor ni converse”.

Sostiene una jaba en cada mano, y tras insistirle, me confiesa que es profesional de la Salud. Salió en la mañana con 200 pesos y apenas adquirió “un macito de habichuelas, un pomo de puré de tomate, una manito de plátano de frutas, dos aguacates, cinco cabecitas de ajo, y una cebollita”.

“Soy doctora, hago cinco guardias al mes, y en una mañana de domingo gasto buena cantidad de mi salario en un mercado, y no compro casi nada”, refiere contrariada.

Otro colombino, Jesús Ledo, entiende que muchos jubilados no pueden acceder a los altos precios de los productos del agro. “Creo que se deben tomar medidas drásticas, como eliminar a los intermediarios. Ellos son los causantes de gran parte del mal.

Minutos antes, Ángel Alvarado había referido que “los campesinos deben sentir amor no solo por la tierra y el dinero, también por el pueblo, y bajar los precios”.

¿Es el campesino entonces el culpable de que el monto de los alimentos ronde las nubes?

“LO DEL GUAJIRO ES TRABAJAR”

El campesino Reynaldo García asegura que para hacer parir la tierra el sacrificio es inmenso

El campesino Reynaldo García asegura que para hacer parir la tierra el sacrificio es inmenso

 

Un rato después, justo a la entrada de Colón, nos topamos con Reynaldo García, un trabajador agrario de 74 años. Lo hallamos en pleno campo, porque él labora de domingo a domingo.

“Lo único que he hecho en mi vida es trabajar”, me dice entretanto le quita la ceniza al tabaco. Pertenece a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Sabino Pupo. Me invita a caminar por su finca para que observe los saludables cultivos intercalados con maíz, malanga y plátano. “Esto lleva sacrificio, y nunca hay vacaciones”.

Mientras golpea sus botas contra una piedra para retirarles el fango, me asegura que “al campesino no se ayuda; para las labores agrícolas, el riego, la preparación de los suelos, se necesita petróleo, y lo que te entregan por la CCS no alcanza. No me dan ni una cabuya pa’ enyugar los bueyes, ni soga pa’ amarrarlos”.

Al compartir la observación de Ángel, quien enfatizaba que los campesinos deberían bajar los precios, Reynaldo me respondió que en la larga cadena de la comercialización, él es quien más barato vende.

“Siempre he dicho que las cosas deben costar a quilos. Sé que los precios son abusivos. Los intermediarios se están llenando los bolsillos a cuenta de nosotros. El verdadero guajiro no tiene na’. Cualquier revendedor se busca tres veces más que yo. Ellos salen, dan una vuelta, compran una mercancía y después la revenden carísimo.

VIANDAS EN CARRETILLAS

Carretilleros con producciones agrícolas

Desde hace algún tiempo la urbe yumurina parece franqueada por carretilleros. En cada esquina pululan estos vendedores con una amplia gama de frutas, viandas y vegetales.

En las alturas de la ciudad, cerca del Kilómetro 101, conversamos con Rafael Álvarez. Cada mañana recorre el barrio con su triciclo, donde transporta plátanos, calabazas, habichuelas y aguacates. Paga 70 pesos mensuales a la ONAT.

“Me busco la vida honradamente. Si me dieran las cosas más baratas, más baratas las vendería. Le gano un peso a cada producto.

A escasos metros de Rafael se encuentra el punto de venta de la CCS Juan A. Morales, de los tantos creados por la Empresa de Acopio del territorio.

Ante el desabastecimiento, José Molina, expendedor, alega la mala época del año. Sin embargo, a muy corta distancia se halla otro establecimiento particular, que los pobladores bautizaron como La Boutique. De tan abarrotada que estaba, encontramos hasta frutabombas revestidas en nailon.

Cierta vez escuché decir que los carretilleros y puntos de venta particulares tenían su lado positivo: acercaban los productos al consumidor, justo a las puertas de su hogar. En muchos casos pagan su licencia. Pero salta una pregunta que ningún entrevistado supo o quiso responder: ¿de dónde sacan las producciones?

INTERMEDIARIOS Y VENDEDORES

Foto. Ramón Pacheco

Foto. Ramón Pacheco

Para muchos matanceros los intermediarios son los principales causantes del alza de los precios. Un joven que durante años trabajó como vendedor en el mercado La Plaza, accedió a conversar con Girón con la condición de no publicar su nombre.

Hace varios meses cambió de oficio, porque asegura que el traslado hacia un viejo almacén a orillas del río San Juan, afectó seriamente la concurrencia de personas.

Reconoce que “el intermediario es quien busca el dinero fácil. Va y le compra la malanga al guajiro a 3.80 y te lo vende a ti a cinco pesos. Luego tienes que ganarle al menos un peso.”

Lo curioso, relata el entrevistado, es que todos los camiones que llegaban, contaban con papeles de una CCS justificando el trasiego de la mercancía, como excedente de cosecha.

¿Y LA ANAP QUÉ…?

¡Compra tu olorosa piña aquí!

Hace algún tiempo, Modesto Olegario Moure, presidente de la ANAP Provincial, organización que aglutina a más de 26 mil asociados, mencionaba entre las prioridades del movimiento campesino lograr mayor seriedad en la contratación.

“Pienso que en la medida que nosotros fortalezcamos este  aspecto, habrá mejores resultados en la labor diaria. Hoy trabajamos en el incumplimiento individual, porque el colectivo se alcanza. Pero siempre hay un grupo de asociados, que dentro de la propia cooperativa falta a su plan, su compromiso”, puntualizaba entonces.

“Tomamos conciencia que ese productor tiene que ser analizado en su junta directiva y la asamblea- y agregaba el directivo- incluso ya se adoptan medidas con cada uno de ellos, acorde a los reglamentos de la ANAP.”

Crearon además, los expedientes de asociados, que comprende el historial, compromiso y participación de cada uno de los miembros en las actividades de la cooperativa.

Pero salta otra pregunta: ¿Qué medidas se toman con quienes incumplen con los campesinos? Porque si bien es cierto que existen desvíos de las producciones, qué hacer si el insecticida o abono llega cuando ya los frijoles están ensacados.

O cuando el petróleo nunca arriba a la finca y toma otro rumbo. Entonces como bien advertía un agricultor de las lomas de Cabezas, “el guajiro no se sienta a mirar cómo la siembra se estropea. Pagará 20 pesos por cada cordel arado y hasta 200 por un frasquito de insecticida, que muchas veces debió entregársele mediante la CCS.

Por otra parte, hace mucho tiempo se viene planteando la necesidad de que los cuadros y directivos de la ANAP estrechen más el vínculo con las fincas. Solo así existirá un verdadero y efectivo control de las producciones.

¿ACOPIANDO SOLUCIONES?

Foto: Ramón Pacheco

Foto: Ramón Pacheco

Aunque desde hace algún tiempo se avizoran cambios en la función de Acopio respecto a la comercialización, hoy por hoy, esta entidad juega un papel primordial en la provincia. Solo en la ciudad cabecera, existen 44 puntos de venta que se abastecen de las contrataciones realizadas por dicha entidad.

Villano para muchos, en los últimos tiempos, varios campesinos le han defendido a capa y espada. Puede hasta hablarse de su mejor semblante, cuando en un reciente Activo de Productividad, celebrado en Jagüey Grande, se detuvo la reunión para localizar urgente dos sacos de guagüi y enviarlos al hospital pediátrico Eliseo Noel Camaño, para contrarrestar un brote diarreico.

En solo minutos un representante del organismo localizó la vianda en la CCS Rubén González, de Cabezas. Como bien señalara Noemí Aniceto Ruano, directora de Capital Humano de la Unión Nacional de Acopio, “como balancistas, estamos curtidos para trabajar en periodos de crisis como ciclones, intensas lluvias, sequías, y con un nivel de respuesta estructurada en cada provincia.

También reconoció que el acceso a tantas mercancías facilita el delito.

Antonio Sánchez, director de Acopio Provincial, reconoce las debilidades que arrastran y se empeñan en erradicar, como la falta de envases y sacos para dar respuesta a los picos de cosecha; problemas con el pesaje; mala distribución del transporte; poca estabilidad y variedad de los productos, e insuficiente calidad de estos.

Eso sí, el pueblo prefiere asistir a los MAE y puntos de venta de Acopio, porque a pesar de todo, los precios son más asequibles.

La comercialización es un tema que difícilmente pueda abarcarse en un reportaje. Hasta aquí solo hemos mostrado algunas aristas del problema.

Nadie pone en duda que con la actualización del modelo económico, se aprecian más alimentos que tiempo atrás, debido sobre todo a cambios que ya brindan sus resultados, como la entrega de tierras en usufructo, junto a otras transformaciones que se avecinan en el horizonte productivo del país.

Basta recorrer cualquier calle y el matancero se topará con carretillas o portales de viviendas bien surtidos. Pero se hace necesario producir mucho más para satisfacer la demanda del pueblo, ese que aún se rasca la cabeza cuando debe introducir su mano en el bolsillo para adquirir una libra de frijoles.

Quizás así una doctora no se incomode, con toda razón, al desembolsar 200 pesos y apenas llenar el viandero.

 

  

 


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