Posteado por: arnaldomirabal | 24 julio, 2013

Mis amigos que se fueron…se me van

Bahía de Matanzas, Cuba

No se cómo expresarían los hombres primitivos el dolor ante la partida de algún integrante de su tribu en busca de mejor clima o un lugar más propicio para la caza. ¿Le echarían de menos plasmando su ausencia en las paredes de una cueva? Quizás. Algo si es indudable, cuando partían lo hacían para siempre.

La emigración es un fenómeno tan antiguo como el sentimiento de dolor y pérdida. Pero hoy, gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías, ningún amigo se marcha del todo. Aunque se establezca en países tan distantes como Bélgica o Luxemburgo, quedan a un clip de distancia.

Con tan solo encender una PC con conexión podrás dar con él o ella, y ser partícipe de sus triunfos o desventuras, indagar por su estado de ánimo y contarle de la familia que dejó atrás, y que a decir verdad, siempre lleva consigo, junto al barrio que le vio crecer y mataperrear descalzo.

Uno aprende a vivir con la distancia y los espacios vacíos, a pesar de todo y el dolor. Y aunque digan que “un clavo saca a otro clavo”,  como asegura una vieja canción no hay amigo que suplante a otro amigo.

Pero he llegado a pensar que lo que no logra la distancia lo consigue la ideología. Y no hablo de esas palabras huecas que continuamente escucho en las reuniones, eso que han dado en llamar “trabajo político-ideológico”, ¡No!, me refiero a la necesidad de asumir una posición política, donde hasta las posturas apolíticas son posición ideológica.

Es muy fácil para mí desmantelar la cizaña de los enemigos de Cuba, no porque yo sea un “bola’o” en cuestiones políticas, sino porque intento conocer la historia de mi país, una historia sin verdades establecidas y que se construye cada día.

Pero desde que me levanto sí tengo algo bien claro: al imperialismo ni un tantico así, y los Yankis son el enemigo del género humano. Mucho antes del 59 ya nos venían fastidiando. Nada que se diga sobre Cuba puede obviar esa realidad.

Ahora, lo difícil para mí, lo confieso, es rebatir los argumentos de un hermano que hasta ayer compartía mi hambre y añoranza por un pan y futuro mejor.  Argumentos muchas veces que se asemejan a la cizaña y la mentira que debo combatir, no por decreto, ¡Por convicción!

En los últimos tiempos tengo algo bien claro, más información no necesariamente significa mejor informado. Mis amigos, con todo el acceso inimaginable a Internet, y a miles de canales de televisión, están más desinformados que un naufrago en una isla, o que aquel viejecito loco que conocí cierta vez en una abandonado tanque de agua, y me preguntó qué día y año eran.

Durante años vivieron en un país que supuestamente les asfixiaba, donde las noticias estaban prediseñadas para mostrar un mundo diabólico, donde el único paraíso posible era una islita empeñada en “viejos” valores, pero que no podía satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes.

Es cierto, en Cuba hay muchas cosas que arreglar, otras tantas que desechar, y a veces el pesimismo gana la batalla, cuando veo que en un Congreso de la UPEC arremeten contra el secretismo, y a los pocos minutos me impiden el acceso a una reunión “ultrasecreta”, orientada y organizada por el Comité Central del Partido, sobre la producción de alimentos.

Pero incongruencias como esas no me pueden hacer deponer las armas y echarme a la mar. Todo lo contrario, me ayudan a convencerme de que las reuniones y los congresos nada resolverán. Es con la gente en plena calle, nombrando las cosas con sus nombres y apellidos, a los corruptos y burócratas con sus nombres y apellidos, como se resolverán las cosas.

Pudiera argumentar que mis amigos miran los toros desde la barrera, y que yo tengo más voz en esta corrida porque estoy tratando de asirle los cuernos a muy pocos centímetros del animal.

A mí también me revienta que los problemas se asuman como tales cuando el Presidente de la República los nombre en un discurso, cuando ya el daño pudiera ser irreparable. Pero me revienta más que mis amigos se vayan con la de trapo con informaciones tontas, en muchos casos burdas tergiversaciones sobre Cuba.

Me duele que quienes crecieron conmigo, quienes vivieron en esta Cuba imperfecta, solo recuerden sus imperfecciones. Como si nada más existiera, como si quienes decidimos permanecer tuviéramos vocación de mártires sin causa o fuéramos sadomasoquistas.

Trato de reírme cuando ponen el grito en el cielo por un barco norcoreano detenido con armas cubanas, y no descubren la patraña detrás de la noticia. Trato de reírme cuando otro amigo me exige que no hable de ese tema que a nadie le importa, que mejor escriba sobre los cubanos “cruelmente torturados” en Bahamas, y no descubre la patraña detrás de la noticia. Trato de reírme… pero la risa no me sale.

Tanta información acaso les nubló el entendimiento, y asumen el mundo tal como se los muestran los medios occidentales, como si la realidad toda fuera un show noticioso de Univisión. Y Cuba un país de torturas y desapariciones, donde unas Damas de Blanco son más valientes y heroicas que las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Hace un tiempo presencié a una colega relatar orgullosa a un auditorio, sus enfrentamientos en las redes sociales con su familia emigrada. Todos admiraron sus palabras, menos yo.

A mí me causa dolor enfrentar a mis amigos. Pero más dolor me causa presenciar como sus pensamientos cobran cuerpo hasta convertirse en enemigos del sistema social cubano, quizás sin darse cuenta.

Más sufrimiento me causa responder a esa pregunta cotidiana que me lanzan en la red: “¡Cómo está la cosa por allá!”, a la cual yo no le veo otra respuesta que: “¡Igual que siempre!, ¡Igual!”.

Alguien notará cierto matiz pesimista, pero no lo creo. Lo que sucede es que aun no nos acostumbramos a la honestidad. Porque yo, como todo mi barrio, mido la economía con el bolsillo y la jaba de los productos del agro. Lo demás es macroeconomía, que no calma mi apetito.

Mis amigos deben perdonarme esta vez, y comprender que esta perorata nace de la nostalgia, pero también se trata de una cuestión de principios. Decidí quedarme, y es ahora que comienzo a entender aquella frase martiana que sentencia: Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos.

Ellos dirán jocosamente, -porque si algo no pierde el cubano ni viviendo en Alaska es esa capacidad pa’ la jodedera-que si los buenos tiempos no llegan, mejor acostarse entonces.

Mas seguiré despierto, además, en un que otro momento, ellos aterrizarán, y ojalá lleguen junto con los buenos tiempos. Tal vez al desembarcar me miren como se mira a la hormiguita empeñada en cargar una y otra vez sobre su espalda una gran hoja que el viento siempre le arrebata.

Va y nos emborrachamos, y decidimos no entablar ninguna discusión de política, para evitar desencuentros…Así entenderé que realmente han cambiado, porque en Cuba hay una cosa bien cierta, cuando se toma ron, se discute primero de mujeres y después se trata de arreglar el país, con los yankis, y todo lo que representan, bien distantes de nuestro destino. De esa manera entenderé que nunca se fueron del todo.


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