Posteado por: arnaldomirabal | 17 junio, 2013

Una ley asesina y que desajusta

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En mi barrio hay conmoción. Desde hace unos días una joven engrosa la lista de los miles de cubanos que han perdido la vida, un familiar, o un miembro de su cuerpo, debido a la asesina Ley de Ajuste Cubano.

Su belleza y gracia era tal, que tras su paso los hombres quedaban embobecidos. Pero desde que su esposo emigró, ella se obsesionó con marcharse de Cuba a toda costa. Varios intentos fallidos no le amedrentaron.

Una mala decisión puede cambiar tu vida en apenas un segundo. Bien lo sabe mi joven vecina. Cómo olvidar aquel día amargo, en que fue la primera en avistar la lancha que consumaría su sueño…y a la larga el mayor de sus errores: sostener la soga de la embarcación, minutos antes de que aparecieran los guardafronteras cubanos.

La lancha hizo lo indecible por evitar la captura, aunque lo indecible significara lanzar una mujer al agua, pasarle por encima, y con las hélices arrancarle un brazo de cuajo.

Quienes practican el tráfico ilegal de personas son tan  asesinos, como el gobierno de un país que niega visas, en su hipócrita discurso, sin dejar más salida a los cubanos que lanzarse al agua a cualquier precio. Solo después se darán cuenta que a veces el precio puede ser demasiado alto…

Hay preguntas que por evidentes no debieran hacerse. ¿Para qué preguntarnos cuál sería la reacción del continente si se aplicara a todos los latinoamericanos “las bondades” de la Ley de Ajuste Cubano? ¿Alguien pone en duda el éxodo masivo que produciría semejante anuncio?

Pero a los Estados Unidos solo le interesa desestabilizar a la pequeña nación caribeña. Por una parte, estimulan a los cubanos a atravesar el Estrecho de la Florida, a costo de sus propias vidas, mientras que limitan el número de visas a quienes deseen abandonar el país de forma legal y segura.

Cuando la historia la cuenten los buenos, al final vencedores, como asegura Silvio Rodríguez, este engendro de ley pasará a la historia como la más asesina de todas, incluso más que el propio bloqueo económico.

Hay que nacer de esta orilla para entender cuántos cubanos han perecido sin dejar rastro. A mis ojos no existe diferencia entre las desapariciones por los regímenes militares sudamericanos, aupados por USA, y los ahogados en las corrientes del golfo en busca del sueño americano.

En mi barrio hay una calle con varias casas cerradas para siempre. Un grupo de mujeres, niños y jóvenes decidieron partir. Luego de los abrazos y lágrimas que siempre afloran ante las despedidas, se adentraron en el mar. Han pasado varios años, y hasta hoy nada se sabe. Los familiares y vecinos no pierden la esperanza de que algún día reciban alguna llamada, desde algún país.

Otros en cambio no son tan optimistas, y entienden que el mar se los tragó, y que es muy celoso de sus presas.

Como cubano, reconozco que me falta un pedazo de mi historia; que me la arrebataron en los difíciles años 90, cuando desde los puentes de mi ciudad se aglomeraban las personas para despedir a los balseros. Las imágenes que me llegan son de medios de prensa extranjeros, los nacionales nada dijeron de aquel alud que se echó a la mar.

Quisiera conocer más de aquellos días. Son muchas las historias que se cuentan, y muchas las que quedaron en el fondo del gran azul. Miles llegaron sanos y salvos, otros desaparecieron para siempre, o como mi vecina, llevan una herida de la que nunca sanarán.

 

 

 

 


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