Posteado por: arnaldomirabal | 10 junio, 2013

El sábado fue locura en Matanzas

Matanzas pelota

Era un sábado extremadamente tedioso. Mi novia estaba triste, y nuestro equipo de béisbol perdía. Habíamos decidido dar una vuelta por el centro de la ciudad, y a los pocos minutos de estar en el Parque de la Libertad, nos arrepentíamos de tal decisión. No había un alma en la calle. El silencio reinaba, y Matanzas parecía una ciudad fantasma.

Solo algunos niños correteaban ante la mirada atenta de sus padres. El mundo se me vino encima cuando crucé la calle hasta el Hotel Velazco, donde tres hombres miraban el juego decisivo entre Sanctis Spiritus y Matanzas. La tropa de Víctor Mesa estaba abajo en el marcador. No lo pensé dos veces, decidí marcharme a casa, cabizbajo.

Cerca de un auto, varios tarxistas escuchaban el juego mediante un radiecito. Estaban apoyados en el capó, también cabizbajos. El silencio lo cobijaba todo. Seguí camino a casa.

Transitando por la acera, sostenía con fuerza la mano de Yanelis, quien tampoco hablaba. De improviso, desde una casa se sintieron gritos. Un joven en puro arrebato, salió corriendo y gritaba a puro pulmón en el medio de la calle: “¡Coño, ese es Víctor Víctor! ¡Dio el batazo en el momento bueno!”.

Me asomé a la puerta, y me invitaron a pasar, o no me invitaron, para nadie reparó en mí. El equipo agasajaba al hijo del mentor. Cuando retomé el camino, la ciudad era otra. En el interior de los hogares todo era júbilo, gritería, locura. 

 Un tumulto se reunía en torno a un pequeño celular, de esos que captan las imágenes de la televisión. Nada se entendía, la gente vociferaba: “¡Esto es lo máximo asere! ¡Otra carrera más! ¡Desempatamos! ¡Lo nunca visto! ¡Qué grande es Víctor Mesa!”.

Le dije a mi novia que quería regresar al céntrico parque. En todos los establecimientos la gente estaba al tanto de la histórica remontada.

Lo mejor vino después, el parque de la libertad era un hervidero de personas. Por la calle Milanés bajaba una conga, y de la calle Ayuntamiento venía otra con tambores. Ambas se fundieron en pura algarabía.

Aquello fue el acabose, y a mí se me aguaron los ojos. Mujeres descalzas, con sus niños también descalzos, bailando rumba. Sonaban calderos, cazuelas, sartenes, una multitud arroyó por toda la calzada. La noche era un puro carnaval.

Los carros pitaban, blandían enseñas nacionales, y el ingenio del cubano también estaba de fiesta, la gente lo mismo llevaba una posta de pollo, en alusión a los gallos espirituanos, que cocodrilos inflables, carteles.

Era un sábado extremadamente tedioso, y casi a la media noche, a golpes de batazos, una ciudad despertó…y grande fue la alegría.


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