Posteado por: arnaldomirabal | 18 diciembre, 2012

El hombre que amaba los cerdos

Andrés Jiménez observa el fruto de su trabajo

Andrés Jiménez observa el fruto de su trabajo

Lo que bien se aprende nunca se olvida, quizás por eso para Andrés Jimenez Torres, la química y la cría de cerdos van de la mano, se entrelazan, lo mismo a la hora de determinar la dosis para inyectar a un animal, que cuando mezcla los alimentos para aumentar su valor nutritivo.

Se licenció en Química y desde niño “le sabe” a los puercos, según dice, porque es hijo de guajiro. Hace cinco años aproximadamente, pidió tierras en usufructo para producir carne porcina, para ello el Estado le asegura el 70 por ciento de la alimentación.

El otro 30 % lo suple con yuca cultivada en áreas de un edificio deshabitado, donde también erigió la cochiquera, custodiada por San, un perro de recio carácter que salvó de un incendio y devino en fiel guardián del lugar.

Andrés pertenece a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Féliz Duque, de Agramante, entre las unidades productoras del territorio matancero en arribar a las 300 toneladas; la contribución de Andrés fue significativa para poder alcanzar tan difícil proeza productiva.

Difícil porque los animales llegan con apenas 33 días de nacido. Desde las primeras jornadas comienza una batalla sin cuartel contra la mortalidad, caracterizada por un riguroso manejo de la masa, la estricta dieta de alimentación y la higiene.

“El cerdo es muy sensible a los cambios, de ahí la importancia de la estabilidad del pienso, se estresan con mucha facilidad y pierden peso”, comenta el criador.

El trabajo es rudo y diario. Llega sobre las seis de la mañana, limpia las canoas, les alimenta; luego, en el campo extrae varios cangres de yuca para la dieta complementaria; sobre el mediodía limpia todo el corral, les alimenta de nuevo, operación que repite al caer la tarde.

Con las manos apoyadas en el muro del corral, Andrés observa los robustos animales de casi 100 libras, con apenas tres meses de vida.

Disfruta observarles, pero no con aires de vanidad, más bien como la mirada del hombre que se siente recompensado por el sacrificio del trabajo honrado.

“Llegan muy pequeños, cada día ves como crecen y crecen, hasta que se convierten en puercos así de grandes”, hace un gesto y se lleva la mano a la cintura.

Los cerdos aprenden solos a beber agua de la titina, diminuta tubería empotrada en la pared

Los cerdos aprenden solos a beber agua de la titina, diminuta tubería empotrada en la pared

Mientras habla, no deja de mirar a los cerdos, que desentendidos de la conversación hociquean en la canoa o absorben agua de una titina, diminuta tubería empotrada en la pared.

Le pregunto cómo los cerdos aprendieron a succionar el líquido, a lo que él me responde que es algo instintivo, desde que llegan saben que allí pueden beber.

No me sorprende, porque existen cosas en la vida que se dan así sin más, por instinto, como la necesidad de agua de los seres vivos, o de sentirse útiles los hombres buenos.


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