Posteado por: arnaldomirabal | 6 noviembre, 2012

¿Dónde está mi bandera cubana?

De niño, ciertas mañanas tenía mis minutos de fama, cuando me correspondía izar la bandera en los matutinos, ante la mirada de todos los pioneros.

Era un ritual ceremonioso donde todos entonaban el himno, y yo y la bandera éramos el centro de atención. No se izaba hasta lo más alto del asta porque los yankis habían usurpado un pedazo de Cuba, la base naval de Guantánamo.

En ese breve tiempo se me hacía un nudo en la garganta, porque si se caía al suelo había que quemarla. Eso me hicieron creer durante toda mi infancia.

En ese tiempo memoricé aquel poema del matancero Bonifacio Byrne, escrito tras su regreso a Cuba al finalizar la guerra cubano—española-norteamericana, en el cual criticaba la presencia de la bandera norteamericana, donde bastaba con una: ¡la mía!

Recuerdo que en fechas señaladas muchos vecinos de mi barrio colgaban la enseña nacional y la del 26 de julio, en balcones y portales. El azul, rojo y blanco se multiplicaba.

Me enseñaron en la escuela que la estrella solitaria de cinco puntas representaba la república libre, independiente y soberana,  y a la unidad del pueblo. El triángulo rojo era una clara alusión al tríptico de los ideales franceses de libertad, igualdad y fraternidad, y aludía a la sangre derramada por los cubanos en la lucha.

Las franjas blancas correspondían a la pureza de los ideales y las azules, por los tres departamentos en que se dividía la Isla en esa época: Occidente, Centro y Oriente.

El tiempo pasó, y en las efemérides señaladas vi menos banderas en las casas, y las que ondeaban en los centros estatales y las escuelas, se deterioraron tanto que parecían cualquier cosa menos un símbolo patrio.

Quizás por eso, un día le expresé a alguien que para mí no eran más que un pedazo de tela. Lo dije por decirlo, con la ligereza y despiste que a veces me acompaña. ¡Pa’qué fue aquello! Casi me empalan. Traté de defenderme alegando que los esclavos africanos secundaron a Céspedes por la libertad y no por una bandera, porque indiscutiblemente la manigua era mucho mejor que el barracón.

Expliqué también que había leído sobre vexilología, ciencia que estudia las enseñas nacionales; dije que siempre me había llamado la atención como los colores predominantes en las enseñas africanas es el verde, negro y amarillo; en cambio, en los países occidentales, influenciados por la Revolución Francesa, predominaba el rojo, azul y blanco.

Pero de nada sirvieron mis alegatos, por un tiempo fui mirado como un agraviador de la enseña nacional.

Aquella vez no confesé que siempre quise tatuármela, que un amigo pintor me obsequió un hermoso diseño exclusivo, pero que lo regalé a mi hermano Alberto Lajes, porque él se enamoró del dibujo. Como Lajes se marcharía a Canadá no lo pensé mucho, porque me han dicho que con la distancia  crece la nostalgia y el amor por lo de uno.

No hace mucho en un acto me regalaron una pequeña banderita cubana, y la coloqué en la cómoda de mi madre; pero cuando la madre de Eduardito, otro amigo que emigró  a Cánada desde hace algún tiempo,  me pidió una para su hijo, tampoco lo pensé mucho. Me dio mucha alegría cuando él me envió una foto con ella en el interior de su auto.

Dicen que el que da lo que tiene a pedir se queda, pero no es así. A los pocos días de que mi banderita presenciara el frió invierno canadiense, una amiga me regaló otra, esta vez de medidas colosales, que desde entonces permanece en mi cuarto.

Creo que no me equivoqué aquella vez que dije que las banderas eran solo un pedazo de tela, y aunque de mis posesiones es la más sagrada, porque siempre soñé con una, nunca la pude tener porque solo la venden en divisas; la mía costaría 11 CUC, un poco más grande valen hasta 16, mi salario, es decir, un mes de trabajo.

Según me dijeron la tela es importada. Vaya, que me da cierta gracia-por no decir tristeza- el hecho de que hasta las banderas nacionales se produzcan con material extranjero. Más tristeza siento al constatar que no la oferten en  ningún establecimiento en moneda nacional. Al menos ya tengo una, y si pudiera hablar con Bonificio Byrne le diría hoy que sigue siendo la más bella que existe… y creo que la  más cara.


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