Posteado por: arnaldomirabal | 23 octubre, 2012

Defiendo mi derecho a “meter la cuchareta”

No soy muy aficionado a las reuniones, de hecho las odio. En el pasado asistí a muchas que no resolvieron nada. Pero a pesar de los cambios que la isla experimenta, el gusto de algunos por ellas se mantiene.

Como me he dado cuenta que el reunionismo no desaparecerá del todo, al menos por ahora, en los últimos tiempos he tomado la palabra en varias ocasiones para decir lo que pienso.

No me gusta hablar en público porque mi dicción no es muy buena, pierdo el hilo de las ideas con facilidad, resumiendo, soy pésimo orador. Pero entiendo como algo sagrado mi derecho a opinar.

Da lo mismo que sea en la asamblea de rendición de cuentas del delegado de mi circunscripción, que en mi centro de trabajo, en un encuentro de blogueros en las lomas del Escambray, en una parada ómnibus, que en el contén del barrio.

Desde que me descubrí actor principal del proceso revolucionario cubano, porque también soy el pueblo, como también lo son mi vecino José, antiguo chofer devenido plomero; mi vecina Angélica, un poco curiosa por cierto, todos ellos protagonistas igualmente, pero hace mucho decidieron callar.

La joven Yanara tampoco emite criterio porque según dice no le entusiasma mucho, y las palabras muchas veces van hacia ningún lugar y nada solucionan.

Y es que así pasó durante mucho tiempo, sobretodo en los duros 90, cuando la palabra pa’lante se convirtió en consigna, y se hizo preciso sobrevivir a cualquier costo. Si bien sobrevivimos, el costo fue inmenso. Tras las muchas medidas urgentes y necesarias tomadas, el país y la sociedad cambiaron. Pero en mi opinión particular, la mayor pérdida fue el enmudecimiento de parte de la sociedad, porque su criterio no contaba, o iba en contra de lo establecido.

El tiempo pasó, mantuvimos el Socialismo contra viento y marea, cizaña y bloqueo. Pero muchas personas decidieron hacer mutis y no tomar la palabra, porque muchas veces se la negaron, o se buscaron problemas por decir lo que pensaban.

Cuando el silencio impuesto se torna apatía los procesos se estancan, las ideas por grandiosas que sean, se vacían de sentido porque nadie las pone en práctica.

No me las quiero dar de teórico, solo soy el hijo único de Caridad, y muchas veces hasta mi madre combatiente temió por mí antes mis críticas abiertas a los directivos corruptos, a los oportunistas y a los “vivebien” que obran tan mal, en un país pobre, y donde varios gozan de prebendas y no son más   que parásitos, quistes malignos que se nos alojaron muy adentro, y aún no extirpamos.

Cuando niño los adultos no me dejaban hablar, “no metas la cuchareta” me decían, hoy descubro que no todos eran ejemplos a imitar.

Hace unos días hablé en otra reunión, y pedí que si algún día cometía un error me asumieran igual. Sé que hay errores y errores, a estas alturas de mi vida seguiré honrado y con poco dinero, porque me brinda la posibilidad de arremeter en voz alta y de frente contra los deshonestos.

Me refería a otro tipos de errores, los que se cometen al emitir un juicio, porque no lo sabemos todo. Pero no puedo esperar a saberlo todo para emitir mi criterio, para hacer valido mi derecho a hablar.

A otros quizás no les interese pedir la palabra por disímiles razones, yo mientras tenga voz diré lo que pienso, aunque alguna vez no sea el lugar indicado ni el momento propicio, pero solo me interesa que Cuba siga independiente, con los Estados Unidos a 90 millas de distancia pero distante de nuestras decisiones políticas, que aunque no sean felices son muy nuestras.

Si para eso tengo que pedir la palabra una que otra vez,  aunque me miren de reojo, o me equivoque, con mucho gusto seguiré metiendo la cuchareta.

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Responses

  1. es un tema complicado Nardy y te acompaño en el sentimiento , ojala que esas cosas cambien , y nisotros pordemos hacerlo

  2. […] Defiendo mi derecho a meter la cuchareta […]

  3. […] Defiendo mi derecho a meter la cuchareta […]


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