Posteado por: arnaldomirabal | 18 octubre, 2012

MALLAMI

Mi primer contacto con Miami fue desde mi barrio, cuando me lié a golpes con un niño de mi misma edad, pero tres veces mi peso, porque no me quería devolver una pelota. Era el sobrino miamense de una vecina. Aterrizó en el vecindario luego de aquel discurso de Fidel donde se anunció la liberalización de dólar y otros cambios que estremecieron al país.

De más está decir que el gordo me cargó como un papelito, “pudo más que tú”, me decían los mayores. Así que me fui con mi patriotismo y sin pelota a otra parte, hasta que su tía mi vecina, me la devolvió. Al final el gordo y yo nos hicimos amigos, y por primera vez tuve en mis manos un juego electrónico.

Pero de Miami no solo llegaron niños rechonchos, llegaron además medicinas, ropa, juguetes que se movía por control remoto, y eran la sensación de todos los chamas, quienes nos reuníamos embobecidos alrededor de una “cuña de carreras” que se movía sola.

En los hogares empezó a hacerse familiar la voz de Willi Chirino, y de improviso, después de otro discurso de Fidel, la gente lo vendió casi todo para subirse a una lancha y marcharse a aquel lugar.

Durante muchos años, al menos para mí, toda la Florida fue Miami, o Mallami, como le llamaban los recién llegados. Allí, donde tiempo atrás embarcamos “la escoria”, ante ese deseo iluso de vivir en una sociedad perfecta, olvidando aquella sentencia martiana de Con todos y para el bien de todos, o quizás la pusimos en práctica, pero no incluía a crápulas ni delincuentes.

Miami fue también el lugar donde se radicó gente buena pero que le temía al comunismo en los primeros años de la Revolución; la misma gente buena que en los duros años del Período Especial decidió partir.

Recuerdo como mis vecinos oían emisoras a escondidas, no para informarse si no para saber el número que salía en la bolita, porque desde allá, en Cuba se jugaba la lotería.

Pero el sur de la Florida también tiene otro rostro. Sirvió de refugio a los torturadores del Régimen de Batista, a los corruptos que se chuparon al país y lo dejaron enclenque.

Nunca, pero nunca, he podido entender como los asesinos Posada Carriles y el difunto Orlando Bosh pasearon muy campantes durante años y con la conciencia tranquila, y nadie allí dijo o hizo algo para impedirlo. Y peor aún, ofrecieron entrevistas en la televisión.

Ambos confesaron sus crímenes. En la memoria del pueblo cubano aún late el dolor de aquel avión de jóvenes deportistas que estalló en pleno vuelo.

Desde Miami organizaron actos terroristas contra mi país. No hace mucho a pocos kilómetros de mi casa, de la costa donde jugué y me zambullí, varias lanchas procedentes de aquella orilla ametrallaron hoteles con armas de verdad.

Y resulta que nosotros somos los asesinos, los terroristas, los dictadores, cuando muchas veces he escuchado a mostrencos de la talla de Ninoska Pérez, ensalzar la figura de Pinochet.

Los políticos de allá son estúpidos y nada saben de Cuba. Viven de mentir, de embaucar. Ileana Ros-Lehtinen nunca pisará suelo cubano, porque el pueblo nunca olvidará que ella apoyó el secuestro del niño Elían, y su estupidez y odio le llevó a arroparle con la bandera norteamericana, cuando el niño solo precisaba el abrazo de su padre.

Y se trituraron el dedo con la puerta, porque al padre solo le interesaba vivir en la isla vilipendiada. Ese inhumano gesto de la Ileana Ros desató la beligerancia en Cuba, y el pueblo, en torno a su líder, salió a la calle. Por un momento nos olvidamos de la escasez y marchamos a la plaza porque en un pupitre cardenense faltaba un fiñe.

El pueblo recibe remesas de Miami pero sabe que allá también habita el odio, odio a la vida, a la prosperidad, a la determinación y la soberanía de los cubanos de la isla.

Hace unos días supe que un compañero de estudios, que quiso comerse el mundo, que pasó no sé cuántos cursos de superación, incluyendo cursos de superación política, se marchó y hoy es corresponsal de Radio Martí. Mi única divisa en la vida es ser consecuente con lo que digo, no importa que el tiempo no esté a mi favor. Por ello me parece una gran hipocresía tal proceder.

Por suerte a través de Edmundo García y de su programa La Tarde se mueve, supe que en Miami no todo el mundo se traga el cuento de la llamada disidencia cubana, sus payasadas y las huelgas mediáticas.

No logró entender como un grupo de cuatro gatos con sarpullido pueden secuestrar la política de un Estado, y hasta cometer fraudes en unas elecciones presidenciales, y que casi nadie diga nada.

A mi barrio seguirán llegando comunitarios, como le decimos ahora a quienes llegan de allá; y de mi barrio seguirán partiendo, aunque cada vez menos se establecerán en aquel lugar, porque más de un amigo que emigró me ha asegurado que nada se parece más a Cuba que el sur de la Florida, por el chanchullo dice, el brete, moscas en los restaurantes, lo que demuestra el mal servicio de la gastronomía. Vaya, que en Miami bien pudieran redactar sus propios Lineamientos para una nueva política social y económica.

Al menos en mi barrio no hay politiquería barata, no se campean los terroristas y a Posada se le llama por su nombre: ¡Asesino!

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