Posteado por: arnaldomirabal | 16 octubre, 2012

El muerto al hoyo y el vivo adorna la casa

Cuando niño, si fallecía algún familiar o vecino de mi barrio, en mi casa no prendíamos el televisor o la radio en señal de luto; por lo que la muerte se me hizo una aguafiestas que me impedía disfrutar los muñes.

Hasta que mi vecino Yayo, un viejito que apenas podía desplazarse, y a quien ayudé a levantar una vez tras una caída, se convirtió en mi amigo. Aquella tarde que supe de su muerte lloré mucho, y por varios días no tuve ganas de ver la televisión.

Pero luto no siempre es sinónimo de dolor, además, en Cuba el luto es una palabra en desuso, a nadie se le ocurriría vestirse de negro por varias semanas. Y soy de la opinión de que a los niños no se les debe entristecer cuando sobreviene la parca, menos privar de sus gustos.

Ahora, eso no quiere decir que ante la muerte la gente se frote las manos, como si el irremediable final de alguien fuera algo ansiado.

Al menos eso he notado en mi barrio en los últimos tiempos. Si bien la muerte ya no enluta, al parecer, alegra a algunos.

No entiendo como la viejita que vivía en aquel cuartucho, que nunca fue visitada por su familia, y decidió amar a otra viejita para desafío de algunas leyes estúpidas que dicta la sociedad, de pronto le surgió una numerosa prole, que hasta se lió a golpes por los bienes.

Y resulta que sus descendientes despojaron de todo sus derechos a su cónyuge, así porque sí, porque en vida no firmaron papel alguno, aunque se amaran y compartieron momentos felices y tristes. Y fue solo ella, su compañera, quien le sostuvo la mano hasta el último momento.

Pero cuando de una casa se trata, nada importa, ni la muerte de un ser querido, que nunca se quiso, y de quien solo interesó su pronta muerte.

Como la de aquella otra viejita que saludé en su portal una que otra vez. Allí permanecía mañanas enteras esperando algo o a alguien, que nunca llegó, hasta que le dio por desandar la ciudad; una ciudad algo borrosa para sus ojos blanquecinos, quizás víctimas de la catarata, que le impidieron advertir la cercanía de aquel motor, que le dejó tendida y sin respiración en una oscura calle.

Supe del incidente porque no le vi más en el portal, en cambio, vi un enjambre de gente limpiando la casa, desechando viejos muebles, pintando la fachada al ritmo de la estridente música de reggetón. Al parecer la felicidad reinaba, porque la muerte es algo tan normal, que cuando el muerto va al hoyo los vivos adornan la casa.


Responses

  1. cuando estuvimos en el nicho en algún momento hablé de un caso como el primero y me dijeron los demás que eso no podía suceder, que la ley cubría casos como esos… me refiero a las dos viejitas que vivían juntas y luego de la muerte de una la familia desalojó a la otra… en ese momento tú no estabas… yo sé que ha sucedido, no sé si por desconocimiento de la gente sobre sus derechos, pero ha sucedido… saludos, arnaldo…


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