Posteado por: arnaldomirabal | 15 octubre, 2012

Por unos días fui el único niche de todo El Nicho

En mi barrio siempre he escuchado una frase que sentencia que los descendientes de africanos no llevamos nada en los pulmones, haciendo referencia a la poca afición de los negros y mestizos a las bajas temperaturas, aunque pensándolo bien, en los últimos años muchos de mis coterráneos de piel oscura se instalaron en Europa o Canadá, donde el frío hace chillar a los simios.

En esas cosas pensaba mientras preparaba mis bártulos para partir hacia El Nicho. Desde el instante en que surgió la idea del viaje me dio por jugar con la similitud sonora de las palabras NICHO-NICHE. Por eso al descubrir que en aquellas hermosas montañas, donde brota tanta vegetación y un torrente interminable de agua, escaseaban los negros, no sé, me resultó extraño, quizás por mi conciencia de raza, o porque en otros viajes a las regiones orientales el color ámbar y su musicalidad lo cubre casi todo.

Indagué sobre la vida y costumbres de las personas. Bebí el sabroso café de Gina, extraído de las numerosas plantas que aún abundan en el lugar, otrora el principal sustento de esa región montañosa del Escambray.

Según me contó un guajiro de allí, que habían tildado de huraño y resultó ser todo lo contrario, excelente conversador y gente espléndida, el plan cafetalero fue víctima de muchas malas decisiones, y de los bajos precios que sirvió de desestímulo a los productores.

Me llamó la atención como el país emprende una batalla para sembrar café en el llano, cuando sería mucho más fácil recuperar el café del lomerío.

El guajiro, quien vive a la entrada del parque turístico donde acampamos, lleva una buena vida, como la de cualquier hombre que se procura con sus manos y honradamente los bienes que necesita.

Cultiva fríjol y tomate, siembras idóneas para las altas temperaturas. Pero su fuerte, según me contó, es la cría de mulos, animalito prodigioso, que a pesar de sus pequeños cascos desanda las lomas como nadie. Puede vadear los resbaladizos rápidos del río con una gran carga, y nunca tropieza.

Aquel campesino poseía dos yeguas y un burro, y de la unión de estos obtiene el híbrido, que venderá al Estado por 4 mil pesos. Hablamos mucho, pero me dio pena indagar acerca de la ausencia de negros. Vaya, una idea que se me fijó en esos días de reencuentros y descubrimientos.

Días antes a mi conversación con el guajiro, un piquete de blogueros, en su mayoría periodistas, nos habíamos dado cita en Santa Clara, y desde allí partiríamos rumbo a Cienfuegos.

István y yo fuimos los primeros en arribar a la Ciudad del Che y Marta Abreu. Aún no amanecía cuando nos dirigimos hacia el parque Vidal, y como si nos diera la bienvenida, el gran reloj digital que descansa encima de la cafetería de la esquina, emitió un alto ¡goom!, o creo que fue un ¡dim dam!, no recuerdo bien.

Esperaríamos a los blogueros que venían de las provincias orientales, pero esta vez la espera no me desesperó, primero, porque me reencontraba con la ciudad donde transcurrieron mis años de universidad, segundo, porque me embargaba ese salto en el estómago como preludio de una gran aventura.

A media mañana llegaba ¡puntual! el tren de Santiago, buen augurio para el viaje que se avecinaba. Del tren de apearon los abrazos, los ¡Qué bolá asere!, Karina y su indiscutible liderazgo (incluido ramitas y estrellitas que amortiguaron las vicisitudes de cualquier viaje de campaña); Dianet y su futura boda; Carlos y sus chistes que destornillan de la risa a cualquiera, mientras su rostro permanece imperturbable; Aracelys, que no necesita ningún epíteto; Liudmila y Robdiel, un matrimonio feliz de excelso talento, y al que no le gusta perder ni a la pelota.

Conocí a Hertico, chama en talla, y al Yasse, de quien no logro recordar la voz, aunque creo que no habló mucho, pero tiene excelente carácter.

Solo sé que esa gente ya es como mi familia. Para mí, querer a alguien es tarea fácil, soy una especie de osito del cariño, pero ese piquete ya forma parte de mis días. Aahhh, entre los abrazos y besos se nos unió un santaclareño, más conocido como Camarero, que no es camarero de ningún hotel, sino arquitecto, aunque si fuera camarero de verdad talvez sería el mejor de mis mejores amigos.

En el parque de la Terminal del ferrocarril de aquella ciudad pensamos en los ausentes, María Antonieta, Yurislenia, Carmen Luisa, Shyela, su novio y su cámara, o la cámara, Sheyla y su novio; de improviso sentí el calido abrazo en forma de trago de ron de un gran amigo que no pudo asistir, pero en cambio envió una botella y mi chancleta extraviada, hablo del JONHY, EL MÁS MEJOR DE LOS MEJORES.

De camino a Cienfuegos viajé de copiloto en una guagüita china con aire acondicionado, gracias a la gestión de alguien, que es hija de alguien. Vaya, que el confort no tiene que reñir con el Socialismo.

En la Perla del Sur nos esperaban las hermosas caderas de Melissa y las atenciones de los cienfuegueros, quienes se votaron de sala’o y nos consiguieron alojamiento de lujo, cerca del mar. Mar que intentó merendarse la chancleta de Liudmila, pero las oscuras aguas no pudieron nublar nuestra alegría (discúlpenme los cienfuegueros y su hospitalidad, pero las aguas de mi bahía son más transparentes).

Pero la historia de la chancleta, de mi arrojo y valentía desinteresada no me corresponde a mí contarla, porque fui el héroe, y los héroes no narran sus epopeyas, otros lo hacen, pero sí puedo dar entrevistas, y hasta puedo asegurar que me sentí como Moisés separando las aguas.

Antes de la partida hacia las lomas del Escambray, visitamos una viejita que dedicó su casa a los Cinco Héroes. Pasamos un rato agradable, y me llamó la atención la humildad del hogar con sus tablas de madera, la altivez de la señora pese a su edad. Su correspondencia con René, Gerardo, Antonio, Fernando y Ramón. Gerardo le ha llamado varias veces, lo cual demuestra la calidad humana y sencillez del Héroe.

Se me olvidaba decir que en Cienfuegos se incorporaron mis yuntas Camilo y Rodolfo, dos habaneros de Guanabacoa y para el mundo, tan chéveres, que nunca les he visto interpretar ese personaje excéntrico que he presenciado en algunos capitalinos. Ya el piquete estaba completo.

El recorrido hacia El Nicho lo hicimos primero en guagua Girón, sin aire acondicionado, y ya en Cumanayagua abordamos un gran camión KP3 que ascendió el lomerío con una facilidad pasmosa.

En el parque natural nos prestaron unas casas de campaña “de afuera”, que si la repartieran por la libreta de abastecimiento se acabarían los barrios llega y pon en Cuba.

Como toda tropa que se respete, nada más establecernos, creamos las vías de comunicación, puntualizamos todo lo concerniente a la chaucha, léase comida, pusimos en buen recaudo las galletas salvadoras y una que otra latica de carne, resueltas por Karina. Sin discusión, si en el barrio que instalamos en pleno lomerío nos daba por crear además, una circunscripción, Karina resultaría electa Delegada.

Confieso que he llegado a temerle un poco a mi amiga Karina. Ante la sensible baja del Jonhy no contábamos con un encargado para la recogida del dinero de los posibles gastos, por lo que ella misma debía recogerlo, y desde entonces, no sé, me sobrecoge su mirada.

Cerca de nuestro campamento, había un pueblecito con una escuelita, un policlínico, un secadero de café, una bodega bien surtida, donde no faltaba el jabón y la pasta dental, porque según supe, esos lugares de difícil acceso se priorizan.

Visitamos la escuelita, y allí contrasté la ausencia de negros, y Camilo compartió la misma observación, y hasta nos asombró el elevado número de niños y niñas rubios. Por momentos creí que estaba en alguna región nórdica.

En una de las aulas István conversaba con los pioneros sobre los Cincos Héroes, de la mejor forma que puede hacerse, como si se tratara de cinco excelentes socios del barrio, quienes la están pasando mal por hacer el bien.

Aracelys les cantó una de esas canciones que ella se sabe y canta como nadie; mientras, me sentí un poco chama y me fui a “robar” guayabas en un guayabal que había en el patio de la escuela. Tres chamas nos convidaron a Camilo y a mí a jugar básquet, pero creo que la altitud y falta de oxígeno me jugo una mala pasada, aunque los fiñes aseguraron que ya estoy viejo.

Gestionamos la comida en un minirestaurante que de mini no tiene nada. Posee excelente mobiliario, ventiladores, y en donde  el arroz amarillo con carne tiene carne, y bastante grasa.

Al frente había un establecimiento gastronómico con música de la década prodigiosa, y ron un poco bautizado, pero sé que lo bautizaron en el llano, allá en la ciudad y la trampa, porque la gente de campo es muy sana.

De esa gente sana conocimos varias, como la viejita Gina, que no era tan viejita, y hacía excelente café y batido de guayaba con leche, y nos brindó su casa.

En casi todos los hogares de aquel pueblecito creí ver un DVD trasmitiendo rancheras, la predilección de los pobladores aseguró alguien.

El paisaje es hermoso. Recuerdo la expresión de István cuando desembocamos frente a aquel salto de agua de casi 19 metros, se colocó las manos en la cabeza, como quien está en presencia de algo venerable. El sonido penetrante del agua, la tupida vegetación saturada de curujeyes, las mariposas, que me hicieron evocar a Carmen Luisa más de una vez.

Recuerdo aquella perrita que en la “negritud de la noche” me sacó un susto de madre, y que me hizo mentarle la suya, después se encariñó de tal manera que no me perdió pie ni pisada, iba conmigo a todos los lugares.

Seguramente me quedaron muchas cosas por escribir, siempre me sucede así. Y si no tomo nota nunca grabaré los nombres. Pasado el tiempo guardaré aún reminiscencias del viaje. Por suerte cuando el recuerdo se me nuble un poco, como aquellas nubes en las faldas de las lomas que casi se podían tocar, organizaremos otro viaje, porque más que un buen hábito eso de viajar por Cuba, es al menos para mí, una gran necesidad. Se convierte en algo entrañable cuando se hace con excelentes amigos. Y aunque en el Nicho no haya niche vaya, se goza igual.

Ahh, qué agua más fría, dicen que la temperatura alcanza los 16 grados, pero para mí que ronda los cero grados.

PD: Y por favor lo de los Niches y el Nicho es puro bonche, va y a alguien se le ocurre plantear en la Asamblea Nacional la necesidad de incrementar la población negra y mulata en el lomerío y esa no es la idea.


Responses

  1. Vaya, sencilla y bonita crónica. Ya sabía de tu espíritu aventurero, pero gracias a ti gozamos del rico café de Gina y aún no puedo olvidar tus cuentos cubanísimos de miedo😉. Ah, Abdiel, ok? No vaya a ser que me acusen y me presenten el divorcio por andar con otro, jejejejeje.
    En cuanto a tu post, el del héroe que no salvó el tren militar, sino mi sandalia, aquí lo tienes: El maravilloso viaje de las sandalias negras http://isladelapoesia.wordpress.com/2012/10/12/el-maravilloso-viaje-de-las-sandalias-negras/
    Un besito grande.

  2. Adoré este post, aunque podría matarte por algunas líneas que hay en él; pero bueno, vamos a perdonarlas porque me gusta mucho como escribes y porque sé que aunque te torturen no dirás nada más y no darás detalles sobre el asunto. jejeje. Abrazos

  3. jkjajja nardy sencillamente genisl aunque te olvidaste de mi , estas de madre un beso

  4. Muy bueno el post, qué bien que hicieras el recuento de todo el viaje, me reí mucho, volví a recordar la cara de István ante la cascada (venerable la cascada y la cara de Ist), y todo lo que vivimos juntos, ojalá que Matanzas y la Ciénaga sea el mismo paraíso que fueron Cienfuegos y el Nicho, un besote desde Holguín.

  5. excelente recuento… por cierto, NADIE me ha mandado ni una foto!… y sabes que tengo en mi billetera? el bono de buen cotizante!… jajaja quería scanearlo para ponerlo en mi post sobre el nicho pero luego de leerte mejor lo guardo de recuerdo y hablo de otras cosas… y espero no tenga que cambiar de profesión para ser amigo tuyo!… un abrazo desde santa clara, la ciudad del che…

  6. […] Por unos días fui el único niche de todo El Nicho […]


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