Huyó de la zafra y segó hombres

Hace unos días un amigo me preguntaba cómo conseguía escribir tanto. Yo no le llamaría escribir, porque es cosa muy seria; más bien ausculto la realidad donde vivo para sentir sus latidos, y después reproducirlos mediante palabras.

Algún día, de tanto emborronar cuartillas, como decía el Che, quizás aprenda, pero como es algo tan serio, va y pierdo la capacidad de asombro y la ingenuidad de niño, entonces me preocuparé más en la sintaxis o la coherencia, que en el sentir de las personas.

Y para mí son las personas y sus historias lo más importante, lo demás llegará o no, y realmente no me importa mucho. Solo me interesa que las historias lleguen a mí con la sencillez de las hojas que caen de los árboles.

Como la historia de Edwin*, un señor de avanzada edad que conocí en los recién finalizados carnavales de mi ciudad. Me acompañaba mi amigo Oscar, quien se había aparecido en mi casa sin previo aviso, y no veía desde la universidad.

Después de recorrer varias trochas decidimos dirigirnos al Viaducto matancero. Un pedazo de mar arrancado por el hombre y convertido en vía para descongestionar el tránsito en la ciudad, y así alargar la vida de los centenarios puentes.

El viaducto bordea la parte sur de la bahía. Por allí partió Edwin hace 51 años. En aquel entonces solo había mar y la playa El Tenis era muy diferente a los que es hoy.

Recordó el punto exacto donde se encontraba el atracadero por donde huyó, según él, para no cortar caña. Lo ubicó con un gesto a pocos metros de donde estábamos.

Corría el año 1961. Las primeras medidas revolucionarias no le disgustaron, pero cuando hablaron de cañaveral, movilizaciones, mocha, no lo pensó dos veces.

Tomó un poco de dinero y se dirigió al atracadero. Por aquellos días la agitación era grande, y muy frecuentes las salidas hacia los Estados Unidos.

Algunos marcharon pensando que todo era cuestión de tiempo, “hasta que a los yankis le diera la gana, pero la cosa se extendió por mucho tiempo”. Duró más de 50 años.

Cinco décadas es una vida; Edwin ha pasado la suya fuera de Cuba  y de su barrio. Me comentó que el día que marchó, un miliciano, tan joven como él, custodiaba los botes. Apenas hablaron. A las pocas horas ambos avistaban Cayo Hueso.

Mientras hablaba, Oscar y yo nos mirábamos, él desde la sicología estaba en presencia de un individuo con personalidad interesante, yo ante una rica historia.

Conversación que tuvo su clímax cuando el emigrado afirmó que al llegar a los Estados Unidos se alistó en el ejército norteamericano y participó en la Guerra de Vietnam.

Estábamos frente a un veterano de Vietnam. Me vinieron a la mente películas como Forrest Gump o Platoon que narran las epopeyas de aquellos soldados que entre el humo de la marihuana y la tupida selva, eran blancos fáciles de las trampas del vietcongs.

Por unos instantes, a pesar de su pequeña estatura, Edwin se me hizo grande. Las epopeyas de una guerra siempre resultan admirables. Al menos eso pensaba hasta que empezó a rememorar cómo asesinó vietnamitas.

Con su mano en forma de pistola, con el índice de cañón y el pulgar de martillo, comenzó a disparar en aquel lugar repleto de personas que disfrutaban del carnaval, y derribó “amarrillos” sin importar si eran simples sembradores de arroz, mujeres o niños.

“O matabas o te mataban. Los arrozales eran letales, lo mismo salía una lanza, que una tabla con púas, y no hacías el cuento. Cuando veía a un vietnamita le disparaba a la cabeza y después le preguntaba”, expresó.

Quizás porque vivo en un país extremadamente tranquilo, dónde los disparos solo se escuchan en la televisión, las muertes violentas me causan estupor.

Pero aquel hombre aseguraba haber matado a decenas, quizás cientos de hombres, y hasta mujeres y niños. Yo le seguí escuchando, en ese instante no pensaba en nada.

O tal vez sí, le pregunté por qué había demorado tanto en venir. Me explicó que con anterioridad le habían negado la visa por la parte cubana, pero esta vez no.

“A lo mejor lo permitieron por caridad, porque ya soy muy viejo y no represento ningún peligro. Además, nunca me metí en política. Me dediqué a mi negocio, la venta legal de armas, y hasta les realicé algunas innovaciones”.

Después de muchos años regresó a la que siente como su tierra. Y si se lo permiten viajará con más frecuencia y hasta abrirá un negocio.

Contó como hace unos días se bañaba en la playa El tenis, y al divisar un  tronco en el agua sin pensarlo dos veces lo trepó, tratando de preservar el equilibrio, como cuando era niño. Se sintió feliz.

Ese hombre que nos habló tan amenamente un sábado de carnaval, que se guareció de la lluvia bajo el mismo techo que nosotros, que río y jaraneó con gozo, quizás nunca cortó caña, pero es un asesino.

*Decidí omitir su verdadero nombre.

 

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