La ciudad de carnaval, y yo sufriendo por mi blog

Mi blog afronta problemas. Perdí aquellas instantáneas que capturé una mañana cerca de la playa;  aquel atardecer junto al río, con el sol jugando a esconderse entre los puentes; también la foto del guajiro Aguerreberre; y hasta la de los niños de esa escuelita remota, que colinda con la Ciénaga de Zapata.

Se perdieron además los comentarios de mis amigos, y de un que otro enemigo que he llegado a extrañar.

Mi blog es casi un amigo carnal. Si desapareciera creo que echaría una lagrimita sincera. Se ha convertido en el muro de mis lamentos; en el puñetazo en la mesa cuando choco de frente con la cizaña.

Es el oído receptivo cuando descubro de cerca la injusticia. Como algunos peces, puede mudar de sexo: lo mismo es el socio incondicional, siempre dispuesto a asumir mis peroratas, que aquella mujer hermosa que me arranca palabras febriles, mientras permanece en silencio.

Mi blog es mi vecindario en apagón, la cola del pollo por pescado en la carnicería, la eterna espera en una parada de ómnibus, los chamas mataperreando, una discusión de política en el contén del barrio.

MI blog es la historia de aquella jinetera que se arrepiente una y mil veces de vender su cuerpo, porque la vida le castigó, según ella, con un hijo con problemas de aprendizaje. Ella, que solo quería darle todo, ignoraba que en las noches en que lo dejaba solo, él más la necesitaba, y se construyó un mundo ficticio del que ya no quiere salir.

O aquel viejito que fue policía del régimen de Batista, que no torturó, y hoy vende flores en un centro turístico; o la del músico venido a menos, que perdió la mente pero encontró sus partituras, y aunque ignora para qué sirven, recorre la ciudad  con ellas bajo el brazo, porque una voz le dice que ese legajo amarillento debió ser algo importante.

Tengo blog sin ser bloguero. Lo siento como algo mío, pero de mis posesiones, que no son muchas, es la más endeble. Puedo levantarme un día, y hallar mis zapatos debajo de la cama, el cielo sobre mi cabeza, el mar a metros de mí y aquella mujer muy lejos, pero wordpress bien puede dejar de existir.

La relación con mi blog es como los amores imposibles, mientras más inseguros y difíciles, se acrecienta la necesidad de tenerle.

Nunca me he creído escritor, ni nada por el estilo, aunque aquella amiga me endilgue la condición de intelectual, palabra que tan grande me queda, y con la que nunca me arroparé.

Escribo porque tengo cosas que contar, porque he vivido, porque soy optimista y hay cosas que me revientan, y pooff, exploto, entonces acudo a mi socio digital.

Mi blog es el puente que me comunica con los amigos que ya no están, a los que quiero mostrarle esta Cuba defectuosa, pero vivible, y hasta amable.

Precisamente hoy escribiría sobre los carnavales. De ellos lo que más extraño son las serpentinas. Recuerdo como de niño, bailarinas muy emperifolladas las obsequiaban desde carrozas lujosamente decoradas.

Escribiría en mi blog que mi primer carnaval de verdad, lo pasé junto a mi amigo Jan, cuando hicimos casi 400 pesos tras una exitosa venta de aguacate.

Desde que pasaron a llamarse Festejos Populares, todo cambió: los fuegos artificiales parecen el estornudo de un dragón con gripe; la cerveza sabe a… nada; y ni hablar de la de pipa.

Además, ya no veré a Alberto Lajes amanecer tambaleante, guiñando un ojo para ubicar los objetos, ni a la Alejandro Santana creyéndose el bailarín.

Como bien advirtió alguien, esos días festivos me revuelven las nostalgias. Más ahora, que en cualquier momento deberé permutar de blog, porque está dando bateos, como si no le bastara con las historias que le cuento.

No me queda más remedio que escapar. Siento la música en el parque, el olor a pollo asado, mejor me tomo una cervecita que mañana será otro día, y ojalá junto a la resaca, aún tenga blog.

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3 comentarios en “La ciudad de carnaval, y yo sufriendo por mi blog”

  1. Naldo que bueno visitarte y conocerte un poco más entre estas líneas. Me gustó mucho tu post, no formalmente sino de verdad. Un cariño camagueyano para ti y volveré a tu Revolución.

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