Posteado por: arnaldomirabal | 15 agosto, 2012

El tren # 9 o la celda infinita

De Matanzas hasta Santiago de Cuba por ferrocarril es un largo techo, casi interminable. Al principio, mientras mi colega Betsy y yo esperábamos en el andén, sentí cierto resquemor ante lo desconocido.

Aunque estudié en el centro de la isla y más de una vez viajé en tren, me habían dicho que los que comunican a La Habana con Oriente pueden suceder muchas cosas. “Viaja gente de muy mala calaña”, escuché decir una vez.

Pero cuando había permanecido casi dos horas en aquel vagón en marcha, comprobé que viajaban también señoras en compañía de sus nietos. Varias me pidieron ayuda para subir sus maletines y cajas pesadas en las parrillas que están encimas de los asientos.

Viajan también padres con sus niños pequeños, y los pequeños logran permanecer en silencio a pesar de la incomodidad, el calor, y el vaivén de los coches.

Quizás la larga travesía de 14 horas sea la causa de la calma. Las personas tratan de dormir y así restarle horas al fatigoso viaje.

Recuerdo que a tres asientos del mío dos niñitas de 9 años aproximadamente, jugaban al veo veo, aunque todo el entorno era de un mismo color mugroso.

A mi izquierda una hermosa joven mulata me robó la atención desde sus ojos achinados. En una de sus manos tenía una quemadura que trató de ocultar.

Sus uñas muy rojas resaltaban su tersa piel. Era muy bonita y me miraba con  insistencia. Pensé en Jesús David Curbelo y su libro Diario de un poeta recién casado, donde en uno de sus cuentos un personaje le hace el amor a una ferromoza en el baño, pero en el tren # 9 resulta imposible amar a una mujer en el baño debido a la suciedad y el fuerte olor a orine .

El pequeño compartimiento al final de cada vagón estaba atestado de personas, desparramadas por el piso, encima de cartones o sentadas en sus maletines. Me di cuenta que la imaginación de los escritores es muy grande, porque difícilmente David Curbelo o algún amigo suyo, logró hacer el amor en un tren oriental.

Cada cierto tiempo los expendedores del tren pasaban con un carrito vendiendo bocaditos, refrescos o caramelos.

Algunos pasajeros lograron dormir desde el territorio matancero, sin importar la luz que emitían las lámparas desde el techo. ¡Siii! porque estaba alumbrado, algo que me llamó la atención, a diferencia de mis viajes anteriores cuando todo el viaje transcurría en penumbras .

Un hombre en short y camiseta me miraba con insistencia mientras yo escribía algunas notas en mi agenda. En ese instante yo anotaba que en el tren la gente había aprendido  a procurar un poco de comodidad; y ya que los coches cubanos carecían de confort, los pasajeros traían consigo chancletas, almohadas, sábanas, y hasta creí ver un mosquitero.

Luego de repasar con la mirada todo el vagón en el que viajaba, llegué a la conclusión que solo las señoras mayores logran dormir a piernas sueltas; pero cerca de mí dos niñitos dormitaban apretujados en un mismo asiento,  encima uno del otro, pero lo hacían con una placidez que me produjo cierta envidia. Porque paso mucho trabajo para dormir en los viajes.

En todo ese tiempo mi colega Betsy no se separó de su libro Pequeñas Maniobras, novela del dramaturgo, narrador y poeta cardenense Virgilio Piñera.

Iniciamos la conversación cuando salimos de la provincia de Matanzas. Hablamos mucho, hasta sacar la cuenta que nadie hablaba 14 horas seguidas. Había que ahorrar temas de conversación para las horas que faltaban, y para el regreso, que hasta ese minuto era incierto.

Afuera todo era oscuro, no se percibían ni las siluetas de los árboles, adentro dos señoras discutían por una ventanilla extremadamente pequeña.

“No corre una gota de aire”, dijo una mujer como maldiciendo el calor sofocante. En este instante me causó gracia ver pasar por mi lado a un joven con un abrigo invernal, seguido de un niño sin camisa y sudoroso. Cosas de Cuba, me dije yo.

En una de las paredes frontales del vagón leí que en un coche hay capacidad para 88 personas, pero allí éramos alrededor de 200 sardinas en lata.

Cuando arribamos a Santa Clara sentí un poco de tranquilidad. Habíamos rebasado la primera provincia, solo quedaba Sancti Spiritus, Ciego de Ávila, Camagüey, Las Tunas, Granma y Santiago…y se esfumó la tranquilidad. Me pregunté cómo se hacían los europeos pero atravesar su continente por ferrocarril, y la respuesta fue elemental, la sabía hasta un niño de primaria.

3:00 a.m

Habían transcurrido 9 horas desde nuestra salida de Matanzas. Betsy logró capturar el sueño y yo entablé conversación con la muchacha sentada a mi izquierda. Jugamos a las cartas y supe que se llamaba Yeni y que tuvo un novio italiano. Lo cual explica las largas conversaciones por celular, su lindo maletín violeta con rueditas, y su afición -según me contó- por recorrer la isla de punta a cabo.

Vivía en Guatánamo pero se pasaba largas temporadas en La Habana. No sé cómo se las ingenió Curbelo para narrar una escena de amor en un tren, porque en # 9 el único deseo que emerge en los viajeros es llegar al final del viaje.

Camagüey     

Nunca me llamó la atención la ciudad de Camagüey. La razón estriba en que los camagüeyanos que conocí en mis años de universidad eran exccelentes amigos pero muy orgullosos, y dañaban mi amor propio como matancero.

Solo había estado pocos minutos en esa ciudad, y en tren como esta vez. Hasta ese instante creía que Camagüey sería para mí, siempre una ciudad de pasada, nunca de estancia. El regreso me demostraría todo lo contrario, pero esa es otra historia.

Cuando nos detuvimos 20 minutos en el Tierra de los Tinajones, un enjambre de vendedores prorrumpió en el coche: queso blanco, hilos de coser, pizzas, caramelos, vinagre, aguardiente, todo es vendible, no importaba la hora. Cuando las ciudades duermen hay gente que viaja, y gente que vende.

Al salir de la cuidad de El Mayor, mi buena amiga Betsy me permitió sentarme un rato cerca de la diminuta ventanilla. Era de madrugada aún. ¡Dormí hasta las 7:41 a.m.! ¡Santiago! ¡Montañas! ¡Arenilla en mis ojos! Pero pude ver un gran puente de hierro con inmensas columnas sobre casitas lastimosas.

¡Santiago!

En la mañana, tras 14 horas de viaje, desembocamos en la Terminal de Santiago de Cuba, que si no es la más grande, es la más hermosa Terminal de Ferrocarril de Cuba. El alto techo de gruesos tubos asemeja la Terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí. Caminamos por un gran salón y al salir por una de las puertas nos esperaba Aracelys,  joven colega de Holguín. Comenzaba así nuestra historia en Santiago…         

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Responses

  1. Chama… los trenes son toda una sensación (literalmente: en ellos hay sinestesias a chorros)… Pero te me apuras y me continúas la historia del viaje… y de paso, cuenta lo de la estancia en Camagüey!!!
    dale, que te espero…

  2. Si mal no recuerdo alguien te criticó en Facebook diciendo: «pobrecillo mulatico cubano, que hasta para pasear por su país pasa trabajo». Esa persona no entiende que, en esos viajes agotadores, extenuantes, uno encuetra asideros y poesía —más allá de los olores rancios del orine, o el sudor—. Claro, hay que tener una sensibilidad especial para ver y respirar todo eso. Viajar en un tren en Cuba no puede ser una experiencia diaria, porque acaba con el cuerpo y la vida; pero supone una experiencia emocional muy distinta del viaje cómodo —e insípido—, símil de lo que sería en ciencia-ficción el sueño hiperbárico o la hibernación…


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