Posteado por: arnaldomirabal | 6 agosto, 2012

En busca del jabón perdido

Esta joven inglesa ha desarrollado una extraña adicción por la cual devoró mil jabones, pa’ mí que se comió el mío también

Me fascinan las obras literarias de Kafka. Las disfruto, aunque me desesperen una que otra vez las peripecias en las que los personajes se ven envueltos. Confieso que hay días en que siento como si mi vida transcurriera inmersa en una novela kafkiana.

Puede suceder que en una asamblea parlamentaria griten a los cuatros vientos que la economía sigue en ascenso, y sin embargo, nadie dice por qué desaparecieron las frazadas de piso. Realmente no desaparecieron del todo porque aquel vecino tuyo las puede conseguir al doble de su valor.

Una periodista de la televisión cubana con acceso a todos los informes de los balances económicos, esos que te niegan a ti, hablará de atrasos en la llegada de la materia prima, de incumplimientos en los contratos… y la misma matraca de siempre, mientras limpiarás el piso con viejas prendas de vestir sin saber por qué.

Puedes levantarte una mañana y recorrer todas las tiendas de la ciudad en busca del jabón perdido, y nada hallarás, solo la apatía y falta de profesionalidad de las trabajadoras de las tiendas. Quienes te mirarán casi con desprecio, y tardarán un siglo para responder una simple pregunta: “No hay jabón”.

Descubrirás que si deseas bañarte como una persona del siglo XXI, debes desembolsar 80 centavos CUC por uno del tamaño de una moneda, sin olvidar que te pagan en moneda nacional.

Recuerdo el pasaje de aquella novela testimonial del coronel  Orlando Cardoso Villavicencio, donde narra el calvario a que fue sometido durante 11 años en una prisión somalí, y cómo convirtió una jaboncito en su prenda más querida.

Creo que cuando mis manos sientan de nuevo la sensación de alguna enjabonadura olorosa me sentiré como un niño, y seguramente olvidaré por un instante los rigores de vivir en Cuba, donde al parecer como cliente nunca tengo la razón, porque siempre me tratan mal;  y hasta ignoraré la desconfianza a la cual me enfrento diariamente por escribir sobre mi realidad inmediata.

La rigurosa realidad cubana, donde unos númeritos del PIB nada dicen, y la macroeconomía te resultará el viejo cuento de nunca acabar, porque si desandas tu ciudad la hallarás desabastecida  de artículos elementales como pasta dental y jabón.

Te queda el consuelo de que si te bañas sin él,  como el optimismo es grande y aprendiste a reírte de tus desgracias, dirás que es una especie de ablución para purificarte por medio del sagrado líquido, porque al menos en tu ciudad de las carencias, el agua sí sobra…por ahora.

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