Cuántos Turquinos suben en la vida la gente trabajadora

Ciertamente el Turquino marcó mi vida. Durante mucho tiempo será tema recurrente en mis conversaciones con los socios del barrio, aunque me acusen de monotemático; recuerdo que cuando me hallaba en la base de la loma, le pregunté a alguien cuán difícil era el ascenso y me respondieron con otra pregunta: ¿Has fundido una placa?

Desde ese instante la cima me pareció una meta alcanzable, porque en mi vida he trabajado la construcción, algunas veces para darle “una manito” a algún amigo, otras porque si bien es un trabajo fuerte, también es muy bien remunerado.

Curiosamente en mi barrio los mal mirados, esos que suelen pasarse las mañanas sentados en el contén, luego dedican ocho horas a encofrar, abrir una fosa, o quién sabe a qué otra ruda labor de albañilería. Por eso los admiro, y siempre que puedo me sumo al contén, feliz de que me sumen a mí.

Hace uno días un vecino me pidió que le ayudara a paliar dos metros de arena. No podía negarme. Él vive solo y es nuevo en el barrio.

Era sábado y el sol quemaba. La faena consistía en descargarla del camión y luego introducirla ¡en cubo! hacia el interior de la casa. El Migue no contaba con carretillas, y yo, buen socio o medio bobo no podía retractarme, pero… ¡Tremenda pincha, asere!

Desde el instante en que me “trepé” al camión ya estaba extenuado. Puse de mi parte y logré desmontar el árido. Sudaba a montones, como si todos los ríos de la Sierra Maestra brotaran de mi cuerpo.

Después…después comenzó la cosa. La loma de arena tenía dimensiones colosales, emulaba con una de esas altas montañas del Oriente cubano. Cubo a cubo fuimos sometiéndola mientras el radiante sol de una tarde de verano nos sometía a nosotros.

Al principio, como siempre sucede, pensé en un post para mi blog. Si alguien había comparado el ascenso al punto más alto de Cuba con las labores constructivas, en mi barrio muchos jóvenes y no tan jóvenes, suben varios Turquinos diariamente. Y nadie habla de ellos, en ocasiones son hasta mirados de reojos, porque disfrutan darse sus traguitos o jugar dominó hasta altas horas de la noche.

En esas cosas pensaba. Traté de indagar cuántos cubos se necesitan para completar un metro de arena, cuántas palas completan un cubo, y perdí la cuenta.

Existen trabajos rudos y la construcción es uno de ellos. Cuando le estrecho la mano a alguien, enseguida reconozco si estoy en presencia de un albañil. Sus palmas parecen lija por la callosidad, los dedos se vuelven gruesos y la piel se curte por la mezcla inevitable de cemento, árido y sol.

Yo, que no soy principiante en esas labores, perdí la práctica y hasta unos guantes viejos que tenía.

Enfrascado en la batalla con la montaña de arena del Migue, noté de improviso las ampollas de mis manos. El dolor empezó a crecer y decidí envolverlas en mi pulóver rojo con el rostro del Che, la misma prenda con la ascendí el Turquino.

Algo que también me remitió a la Sierra fue la cantidad de agua que bebí, directamente proporcional con el  caudaloso sudor que emergía de mis poros. Mi pantalón verde olivo también estaba enchumbado de sudor.

Mientras llenaba los cubos para dirigirlos a la otra montaña que iba creciendo en el interior de la casa, en un ejercicio casi automático, notaba las miradas extrañadas de algunos vecinos.

Se preguntarían quizás qué hacía un periodista “pinchando de verdad”. Para mí era una forma de demostrar que no soy ningún hombre de letras, y que como mismo puedo redactar en un periódico, me fajo de tú a tú con la realidad, y hasta con la albañilería.

Pensé enseguida que sería una buena forma de obtener dinero. Lo preferiría a delinquir o hacer negocios ilegales. Curiosamente  quienes se dedican a estos menesteres a veces no son tan mal mirados en mi comunidad, sin embargo, yo sentí que la imagen de un periodista paleando arena, sin camisa, bajo el sol radiante, con un tatuaje del Che en el hombro, no causaba mucha gracia.

Supuestamente los periodistas deben mantener buena imagen, excelente dicción, ser “como el espejo donde se mira la sociedad” y toda esa bobería.

Yo a la verdad me sentía a gusto sudando y portando dos grandes ampollas en las manos. Aunque muerto de cansancio, me alegraba saberme útil, capaz de tanto esfuerzo que me hacía un poco más noble.

Por un instante pensé en un verso para la mujer que amo, decía algo así como: “con estas mis manos de hombre, que según dices son grandes y abarcadoras, puedo derribar muros o edificar mi mejor obra, pueden ampollarse hasta sangrar, pero ¡ay de estas manos cuando tocan tu pelo!, cuando recorren tu frente y se entusiasman en tu espalda, cuando llegan allí donde nacen tus senos, y desembocan en aquel lugar innombrable que le da origen al mundo…”

Un “asere qué bolá” me extrajo bruscamente de mis cavilaciones, y caí en la realidad como un saco de arena. Habíamos derribados dos metros de arena bajo el caliente sol del Caribe. El Migue me convidó a tomarnos una botellita pero no acepté, alegando que saldría en la noche con unos amigos, pero que la guardara para próximos días.

La razón de este post no radica en haber trabajado en la albañilería, eso lo hace cualquiera, si no en lo que pasó dos días después.

Me dirigía a casa de un amigo, y cuando  desembocaba en una esquina me encuentro casi de frente con un otro viejo amigo de la adolescencia. No nos veíamos hacía mucho tiempo, pero yo estaba al tanto de su vida.

Se desempeñaba como profesor de una escuela, y le iba muy bien en su matrimonio. Pero mi socio de ayer, hoy me viraba el rostro negándome el saludo. Quiero pensar que no me reconoció, pero yo sé que sí.

Sé la razón por la que evadió mi saludo. Sintió vergüenza porque hacía trabajos particulares de albañilería junto a su padre, esa tarde repellaba las paredes de una casa.

Para él impartir clases de lunes a viernes, y trabajar además los fines de semana estaba mal, quizás. Yo quise mostrarles mis manos, mis ampollas, decirle que era como él, gente honesta, que prefiere “romperse el lomo” que delinquir.

A mi amigo lo vi inmenso, no solo porque estaba encima de un tablón de madera a varios metros del suelo, si no porque brindaba su mejor lección. Como Manuel Ascunce, él también era el maestro, que decidió permanecer en las aulas…

En estos día lo veré por el barrio y le contaré de mi blog, de este post que habla de él, y de cuántos Turquinos suben en una vida la gente honesta y trabajadora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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