La gente humilde de la Sierra Maestra

Foto tomada en Majagua, allí se realiza el primer descanso, y te brindan un excelente café, la de la esquina es mi colega holguinera Aracelys, y a la niñita del medio quise llevármela pa’ Matanzas
Si me preguntaran qué cualidad admiro más en las personas, sin pensarlo dos veces diría que la humildad y la sencillez. Por eso siempre me gusta estar cerca de la gente de pueblo, esos que viven al margen de todos los lujos pero que no vacilarán dos veces en brindarte lo poco que tienen.

Pudiera pensarse que voy por la vida a lo loco, siempre buscando una nueva aventura, pero me gusta detenerme de vez en vez y estudiar a las personas.

Fue una de las causas que me motivaron a enrolarme en un viaje a la zona más oriental de Cuba. Era un viejo anhelo recorrer la Sierra Maestra, conocer su gente, cómo vivían y pensaban.

En el Uvero conocí al jardinero del Sitial histórico. Necesitamos apenas protocolo, enseguida me puso al tanto de todo, de lo malo que está el transporte en la zona, la poca recreación para los jóvenes, quienes a la primera oportunidad se van a la ciudad de Santiago. Me aseguró que el ron del Círculo Social estaba bueno, y el pan también.

Apenas reparó en  mi acento occidental, algo que me agradó. Ellos no son como nosotros los matanceros y habaneros, que enseguida otrificamos a los cubanos de allá por su acento y les llamamos palestinos. Nadie me dijo occidental, menos israelí.

El campismo La Mula es una mancha en el lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.  

La víspera a nuestro ascenso, cuando nos dirigíamos a las pocetas, llegamos a casa de una señora que vive en lugar tan apartado, que nunca imaginé que pudieran vivir personas allí. Se llamaba Zenaida. Nos ofreció agua de manantial y nos permitió tomar algunos gajos de mamoncillos de su mata, que aunque tiernos aún ya estaban dulces, un reflejo de las bondades de la tierra oriental.

Recuerdo la cara del muchachito que vivía en aquella casa de madera. Para ir a la escuela debe recorrer unos cuantos kilómetros y cruzar varias veces el río.

El día escogido para subir al Turquino llegamos a Majagua, el punto donde se realiza el primer descanso. Nos recibió el café de un matrimonio joven. La mujer era muy hermosa, al igual que su pequeña hija de apenas dos años.

El aromático néctar elaborado en colador estimulaba hasta un citadino desfalleciente como yo. Café puro de las lomas, sin chícharo ni ninguna otra materia extraña. Los montañeses lo tuestan con cáscara y todo, después las mujeres la eliminan con la brisa que siempre brota en las lomas.

Mi compadre el jardinero del Uvero, le pregunté el nombre pero no lo anoté, sin embargo todo lo que me dijo, y hasta su voz y forma de hablar la recuerdo bien

Las muchachas que iban con nosotros empezaron a obsequiarle a la pequeña que vivía en aquel humilde bohío caramelos y otras chucherías. Vale destacar que la casita contaba con panel solar.

Yo busqué en mis bolsillos y nada tenía para regalar, sin pensarlo dos veces me desprendí de mi enguatada nueva. Ahora anda por la Sierra, colmada del sudor de un hombre bueno de montaña.

Alguien me acusó de “hacerme el yuma”, y se que no lo hizo por mal, pero nunca olvidaré el rostro agradecido de aquel hombre, joven quizás, pero con los rigores de aquella vida reflejada en el rostro. Son momentos que llenan.

Sé que cuando mi vieja repare en la ausencia de aquella prenda, indagará, pero cuando le cuente que en las montañas hace frío y viven personas humildes que te brindan todo lo que tienen, no lo echará a ver, porque soy así por ella.

Cuando llegamos al Pico Cuba, atravesando el sendero que lleva al Pico Real del Turquino conocimos a dos veteranos encargados de chapear el camino. Pasan un mes en una pequeña estación meteorológica enclavada en el lugar y perciben un salario de 300 pesos aproximadamente. Creo honestamente que el salario es muy bajo para la gran tarea que realizan, pero para ellos subir y bajar lomas debe ser como para mí desandar la ciudad.

Cuando culminamos el ascenso me di cuenta que también había que descender. A la cima llegué en la avanzada, pero a la otra sima fui de los últimos. Digan lo que digan a mí me cansó más la loma cuesta abajo, además, hablamos de ¡12 horas en total!

Los dos compañeros a mi izquierda (yo soy el del sombrero de Yarey) chapean el sendero al Turquino, algún día habrá que hacerle un documental a esos hombres

Ya en el pueblecito Las Cuevas, mientras esperamos a los retrasados decidí ir por cigarros. Pregunté a un hombre en bicicleta y me informó que vendían bordeando el policlínico de dos plantas.

Mientras atravesaba el camino de piedras del poblado observé que las casitas eran de madera y tejas de fibrocen. Me llamó la atención la uniformidad de los hogares, con tablas colocadas simétricamente.Me resultaron similar a esos repartos obreros creados por la Revolución. Confieso que me satisfizo la homogeneidad, al parecer todos eran humildes. No había gerentes ni “vivebien”.

Con los cigarros en los bolsillos decidí volverme. Intenté encender uno pero no encontraba la fosforera, escena que presenciaron un grupo de personas que enseguida me llamaron.

Así conocí a Santos Guerra Cordero. Quien me llevó hasta su casa, porque el sabía lo que es querer prender un cigarro y no contar con fósforo. Le dije que hacía pocos minutos había llegado del Turquino, lo hice con cierta marcialidad, como si yo fuera el veterano de algún célebre combate.

Santos, con 1472 ascensos al Turquino sea quizás el hombre que más veces lo subió, a mí izquierda su hermana Reina, que cuela un excelente café

Santos sonrió. Yo ignoraba que estaba frente a un guía del Turquino. Lo fue durante dos décadas. ¡1472 ascensos! En ocasiones subió hasta dos veces en un día.

Le pidió a su hermana Reina que colora café. Le solicité un papelito para anotar su nombre porque los olvido con facilidad. Pregunté sobre el Paso del Cadete y me aseguró que se han caídos unos cuántos por allí. Antes se llamaba el Paso del mono.

Según me dijo, el secreto del ascenso consiste en “mantener un paso normal, sin agitación”.

El aroma del café interrumpió la conversación. Comprobé que en occidente tomamos “aguachenche”, como dicen en mi barrio. Los orientales si saben lo que es degustar aquel néctar de los dioses que puede resucitar hasta un muerto.

Yo iría por segunda vez al Turquino, dicen que por Granma es más fácil, pero quisiera volver a encontrarme con aquel hombre de las lomas que lleva mi enguatada, oír la voz de su niñita, que no pude escuchar.

Subiría para llevarle una botella de ron Yucayo a los dos veteranos que chapean el sendero, porque el frío arrecia en la madrugada; regresaría para conversar con Santos un día entero. Ojala la vida sea buena con ellos, porque son gente buena.

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2 comentarios en “La gente humilde de la Sierra Maestra”

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