Creer, vivir y luchar

Hay veces que me reprocho no defender a la Revolución lo suficiente, pero me rehúso hacerlo como aquellos que viven de las palabras y no de las acciones.

Nunca entenderé de dónde algunos directivos y funcionarios aprendieron sus peroratas, porque en mi casa siempre se escucharon los extensos discursos de Fidel, y su lenguaje era claro, atractivo y preciso, llamando las cosas por su nombre.

Creo que durante mucho tiempo se le dio paso a quienes hablaban bonito. Cómo olvidar a aquel dirigente estudiantil que en cada tribuna lanzaba palabras como ráfagas. Al final aprendimos a vivir de las arengas.

Solo basta revisar cualquier consecutivo de prensa plana de años atrás, para entrever la verborrea burocrática de los directivos, y con cuanta complacencia los periodistas las publicaban. Lo peor es que ambas prácticas se resisten a desaparecer.

Como se resiste a desaparecer todo lo malo que los cubanos debemos desechar para de una vez enrumbar el camino hacia un país próspero. Pero contradictoriamente son esos mismos funcionarios y directivos los que se resisten al cambio.

Hace algún tiempo, cuando desemboqué en un medio de prensa, con la humilde intención al menos, de intentar hacer un periodismo diferente, sin tanta jerga ampulosa y estéril, debí sufrir un que otro regaño. Pero no desfallecí, y al menos hoy, soy dueño cien por ciento de lo que publico, y siempre publico lo que constatan mis ojos y sentidos, no lo que otros dicen.

Pero qué hacer cuando debo redactar una información de cierre, y no me queda más remedio que llamar por teléfono y pedir que me hablen del plan de producción de tal cultivo, en ese instante me siento como un simple divulgador de datos, y en el fondo,  un mentiroso más. Aunque he conseguido hacerlo cada vez menos.

Pero el pueblo en ocasiones también me ve como el enemigo. Nunca olvidaré aquella vez que en el patio de un central azucarero comprobé los pésimos servicios que brindaban en la cafetería: productos con precios exorbitantes, y los asequibles al bolsillo de los trabajadores en mal estado.

Mientras indagaba pude escuchar como un trabajador me tildaba de “chivatico jaranero”. Fue tan oprobioso el insulto, tan injusto, que lancé la agenda al piso y le menté la madre.

Todos los obreros quedaron estupefactos, porque no esperaban tal reacción de un periodista. Creo que fue la única vez que pronuncié un discurso. No necesité tribuna ni pomito de agua mineral. Pero dije lo que sentía. Al instante el ofensor me pidió disculpa, y con humildad me explicó que por allí habían pasado muchos periodistas y jefes, y los problemas se mantenían, en cambio, quienes se acercaron a la prensa a la larga era mirados con cierto recelo, y  terminaban perjudicados de una u otra forma.

Yo manifesté que lo que me dijeran yo trataría de publicarlo sin revelar  nombres , no prometía solución, pero cuando las cosas salían a la luz, tomaban otro matiz. Y así fue, tiempo después supe de las mejoras de la cafetería de aquel central.

Realmente yo no sé cómo hacer Revolución, porque hablamos tanto de Fidel, pero a la larga nunca hicimos lo que el orientó. Hace unos meses participé en un evento sobre inseminación artificial, y me obsequiaron un librito con un discurso del Comandante de principios de los años 60. Parecía escrito ayer, escuché decir.

Pero medio siglo después estábamos allí, discutiendo las ventajas de la inseminación artificial, y puedo asegurar, que quien recorra hoy la geografía matancera, constatará que el campito está igualito, con vacas y toros reproduciéndose a la antigua.

Hace unos años Fidel lanzó el concepto de Revolución para cambiar todo lo que debía ser cambiado. Fuimos efectivos reproduciendo el discurso en todas las paredes de la Isla, pero mucho más efectiva fue la inmovilidad para no hacer nada.

No me fustiguen si veo en cada director de empresa un “vivebien”, no tengo nada contra ellos, hasta que se ponen evasivos y se hacen dueños y señores de la información, y  de sus errores y deficiencias. Así, clarito como el agua lo advirtió Raúl, pero creo que en Cuba más de uno se cree por encima del Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, y eso que en mi barrio la gente asegura que “el chino viene chapeando bajito”.

Yo sí creo en el proceso revolucionario cubano, siempre he creído. Pero creeré más cuando me expliquen por qué un directivo puede fabricar una casa de tres pisos, con un simple salario, cuando yo no puedo ni tapar aquella gotera.

El día que me permitan sacar a la luz el nombre del funcionario que me impidió acceder a la información, creeré mucho más. Por lo pronto sigo luchando, atrincherado, porque parece que el fuego del enemigo exterior arrecia, pero por momentos creo que el interno, vive y sobrevive a patas sueltas.

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3 comentarios en “Creer, vivir y luchar”

  1. Al igual que tu, con los medios que tuve, traté de defender lo que crei justo, de acuerdo con los principios que me inculcaron mis familiares y mis maestros, revolucionarios todos. Pero a veces es tan dificil lograr sus objetivos, cuando ves que no es solo el bloqueo externo el que nos azota, sino también, el interno… Y es ese el que nos afecta mas, desde varios puntos de vistas: cuando tienes que soportar que alguien, con menos preparacion que la tuya, te dirija, y hasta te “dé consejos” de como obrar en tu especialidad, aun cuando esta le resulta tan ajena; cuando aportas la solucion exacta a algun problema, y este no se resuelve por la falta de gestion de esos dirigentes, etc… Eso cansa…

  2. Muy bueno y real,si mas jóvenes se atrevieran a llamar las cosas por su nombre estariamos mas cerca de una Cuba libre y democrática ,el cambio es necesario para salir adelante!!!

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