En mi barrio se goza a la manito

Comentaba una vez que los domingos pueden deprimir al más optimista de los mortales. La quietud reinante y sonidos al borde del silencio, lo convierten en una jaula de rejas invisibles que oprime en los costados. Pero si decides zafarte encontrarás un bello día donde los vecinos del barrio se reúnen y le borran el rostro entristecido.

Al menos así aconteció el pasado domingo en mi cuadra. La noche anterior habíamos pactado jugar “pelota a la manito”. Juego sencillo que consiste en impulsar la pequeña esférica con la mano e intentar abarcar el mayor número de bases.

De niño jugábamos hasta el cansancio. Era como la alternativa de quienes no descollamos en la pelota tradicional. Aunque debíamos poseer casi las mismas cualidades que un pelotero: agilidad, rapidez y buenos reflejos.

Si aquel poeta se preguntó una vez: ¿quién que es no es romántico?, en Cuba vale la pregunta: ¿Quién que es no ha jugado pelota a la manito?

Cuando se armó el encuentro no teníamos más pretensión que pasar un buen rato, pero según pasaba el tiempo la cosa fue cobrando seriedad. Todos queríamos ganar, para demostrar que pese a los años no habíamos perdido la capacidad de capturar las bolas más difíciles.


¡Ah! Porque no lo he dicho. La edad de los enfrascados en la amena batalla era heterogénea. Jóvenes y no tan jóvenes probamos nuestras habilidades.

Al principio todo fue una delicia, y por qué no, pura competencia. Silvito fue una muralla en el poste eléctrico de cemento que hacía de primera base; la faja para aminorar los dolores de columna no le impidió a Lazarito fildear más de una bola difícil.

A Adel nunca lo había visto tan activo en mi vida. Bateó y corrió como nadie. Solo mi brazo no estuvo a la altura del encuentro. Al primer roletazo se empeñó en aguar la fiesta con hondos dolores, como dice la canción. Luego en la noche, al realizar un resumen del tope, supe que los dolores de brazos y cinturas nos acompañarían, como las ganas de pasarla bien.

En mi barrio todos se sumaron al encuentro. Las mujeres se entusiasmaban al ver a sus esposos activos como adolescentes, y la mamá de Yadil le miraba orgullosa ante sus atrapadas.

Como siempre sucede, me puse algo serio y mi mente voló a kilómetros del lugar. Como el Aleph de Borges, tuve el universo ante mis ojos. Qué estarían haciendo en el resto del mundo un domingo por la tarde.

Cuando me hallaba abstraído en mis pensamientos, se sumaron más vecinos al convite beisbolero. Los 50 y… de Orestico no le impidieron hacerlo como si fuera un muchacho; y Luisito dejó a un lado las ventas de su triciclo para también demostrar que pese a los años no habían mermado sus facultades. Pero en honor a la verdad, Luisito fue un colador. Aunque el jura que era la pelota.

Yo seguí pensando. Cuánta alegría sana se puede proporcionar con tan pocos recursos, más ahora que se avecina el verano. Comprobé que un barrio cubano es un rico microuniverso preñado de matices. Vino a mi mente aquel vecino que emigró, para regresar, y estaba ahí, junto a nosotros, riendo y jugando.

Yo sentí la felicidad, dicen que se construye a retazos, que solo se arma de instantes fugaces. Al menos en la humilde calle Luís Cuní, nos propusimos prolongarla. Ahh, se me olvidaba decirlo, aceptamos retadores sin límites de edad. Y no estaría mal internacional el encuentro.

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