Posteado por: arnaldomirabal | 9 abril, 2012

¿Las cosas cambiaron realmente?

Los cubanos ya podemos hospedarnos en los hoteles, degustar un mojito a orillas de una piscina en compañía de canadienses, belgas o hasta australianos. Durante años fue el anhelo de muchos y hoy es la realidad de algunos, al punto que los turistas nacionales han desbancado a mucho países de la lista de emisores, y en 2011 solo fuimos superado por Canadá.

Muchos referirán que es un avance para el país, pero mirándolo bien, hasta qué punto. Durante años nos quejamos de la apatía, dejadez y desconfianza con que éramos tratados en lugares frecuentados por personas foráneas, creo que aún persiste la desconfianza y la apatía.

No hablaré de aquellos que seguirán anhelando hospedarse en un lujoso hotel. Hablaré de las diferencias entre cubanos y extranjeros. Cuestión que muchos achacarán al gobierno, pero quien haya sufrido en carne propia la discriminación, así con todas las letras de las palabras, entenderá que nunca fue culpa del gobierno sino de nosotros mismos.

Tuve la dicha de nacer a pocos kilómetros de la playa de Varadero, así, sin adjetivos, porque aunque nunca he encontrado puestas de sol más hermosas, solo allí descubrí el amargo sabor de ser cubano, una especie de ciudadano de tercera en tu propia isla.

Al menos así me sentí en la adolescencia, cuando me fugaba con mi amigo Jan para desandar la playa, y en menos de 50 metros nos pedían el carné de identidad más de 8 veces. En una ocasión me me molesté y empecé a gritar que era cubano, y tenía el mismo derecho que todos a caminar por la playa, que me dejaran en paz, a mi amigo negro y a mí, su amigo mulato. No todos los mestizos éramos “jineteros”. Ni nos prostituíamos, ni tomábamos lo que no era nuestro.

Por aquella fecha era habitual que los extranjeros denunciarán el robo de sus pertenencias. En mi barrio existían muchachos a quienes llamábamos “areneros”. Su negocio consistía en llegar a la playa en trusa, y mientras recorrían la arena se apropiaban de chancletas, toallas, zapatos, cremas. Luego de un trecho recorrido “habían hecho el pan”, es decir, habían robado suficientes prendas que luego venderían en el barrio.

Yo nunca lo hice, y con el tiempo Varadero dejó de ser aquel lugar idílico de arena blanca y mar azul. Debieron traer arena de otros lugares, y en mí nació una rebeldía, ligada con menosprecio hacia todo lo que oliera a turista. Nadie me haría sentir extranjero en mi tierra.

Con el transcurso del tiempo mis sentimientos cambiaron. Como mismo hay cubanos malos existen turistas buenos. Pero aún persiste ese grupo que intuye peligro cuando un cubano se acerca a un extranjero.

Hace unos días los jóvenes del centro donde trabajo resultamos estimulados por el 50 Aniversario dela Uniónde Jóvenes Comunistas. Gracias a ello pudimos recorrer en yate uno de los lugares más hermosos de mi ciudad, hablo del Río Canímar.

Pero nada más poner un pie en la embarcación me golpeó la frente la misma sensación que me embargó en la adolescencia, cuando visitaba Varadero. El yate constaba de dos pisos, y el mejor lugar para una mejor perspectiva del paisaje era el segundo, pero nos impidieron subir, porque estaba colmado de extranjeros. No nos lo dijeron, pero éramos cubanos.

Como dice el refrán cubano, quien no quiere caldo le dan tres tazas, y cuando no vas al turista el turista va hacia ti. A los jóvenes homenajeados nos impidieron ascender, pero como el sol sí sale para todos, y también maltrata la epidermis de los turistas, casi siempre de piel lechosa y frágil, buscaron la sombra, ¿dónde?, ¡donde estaban los cubanos! ¿Y qué hacían los cubanos? Ser cubanos. Porque nada más se escuchó “hay que suerte tengo yo, te la voy a contar”, se formó el festecún, ante la admiración de los visitantes.

Más para fastidiar que por otra cosa, decidí fotografiarme con casi todas las muchachas procedentes de otras naciones, a quienes en mi barrio les nombran Yumas.

Voy poco a los lugares turísticos, la razón, falta de dinero. Casi siempre se me van los ojos tras una cara hermosa, no importa el lugar de procedencia. Las mujeres tienen esa extraña cualidad de tirar de mis párpados con fuerza. Hasta hoy, nada ha cambiado, son las cubanas la mayoría de las veces quienes me hacen estremecer, junto a los cubanos obtusos que no se han dado cuenta que el pueblo forma parte indisoluble de los atractivos de esta isla y no todos somos jineteros.

 

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