Posteado por: arnaldomirabal | 19 marzo, 2012

El mar es mi universo

Playita Allende

El mar es una constante en mi vida. Crecí a 200 metros de la costa y el olor a salitre marcó mi existencia.

Mi escuela primaria, una vieja casona de la burguesía, se hallaba frente al gran azul. Cada mañana divisaba desde su gran portal, como el mar cambiaba de tonalidad según la época del año. En el invierno se tornaba gris, a veces verde; y en el verano azul claro, casi transparente. Se podía divisar el fondo marino sin máscara de buceo.

En el verano el mar era el lugar predilecto de los chamas del barrio. Desde muy temprano, sin desayunar en su mayoría, porque ya se hacían sentir los rigores del Período Especial, nos zambullíamos en el agua hasta la media mañana, cuando el hambre nos golpeaba el estómago, y todos corríamos a casa para un tentempié. Luego nos reencontrábamos en el mismo lugar, la playita Allende.

Nuestros juegos preferidos eran los agarrados, es decir la persecución, donde uno debía asir a los demás. Pero lo que más nos fascinaba era lanzarnos al agua desde la costa, con saltos estilizados inventados por no sé quién. Estaba “la bomba”, que consistía en hacernos un ovillo en el aire e impactar violentamente en el agua.

A la izquierda, la playita, a la derecha el gran azul y nuestra mayoría de edad

En “El vuelo del cisne”  extendíamos las manos como alas; como bien refiere el nombre, los “saltos mortales” de espalda y de frente, eran los más arriesgados, quien más acrobacias hiciera  en el aire era el vencedor; en “el muerto” cruzábamos las manos en el pecho como un cadáver.

En aquellos tiempos mi piel estaba curtida por el sol y el salitre. Recuerdo que a algunos de nosotros se nos había ocurrido que las Medusas, conocidas como agua mala, nos harían rubios. A todos los fiñes se nos quemó el pelo, fuimos el hazmerreír del barrio por mucho tiempo.

Éramos felices y vivíamos ajenos a la crisis de los 90. La costa era nuestra verdadera patria. Nos inundaban el barrio con consignas convocando a resistir, pero a nosotros solo nos interesaba el mar y la costa. Nuestro universo se resumía en cada porción de diente de perros. El litoral marcó nuestro crecimiento y gallardía.

Cuando niño aprendimos a nadar en la playita Allende bajo la supervisión de nuestros padres. Comenzábamos a ser hombres desde el instante que nos permitían ir solos. El Huequito, como también se conocía a aquella diminuta ensenada, separada por una línea de costa. Traspasarla era nuestra añoranza. Cuando te podías bañar del lado de allá eras mayor.

Sin importar los afilados dientes de perros correteábamos por “la puntillita”, “el césped”, “el muro”. Según crecíamos abarcábamos más tramo de costa, desafiábamos la altura y los saltos eran más espectaculares.

La Cuevadel tiburón era un lugar especial, una playita casi legendaria con sistema cavernario incluido. Allí acudían muchas parejas, y nosotros, fiñes curiosos, con nuestro reloj biológico acercándose a la pubertad, íbamos a fastidiar, pero en el fondo, albergábamos la esperanza de descubrir que hacían un hombre y una mujer en la intimidad, aunque una vez descubrimos que dos hombres también intiman.

Hace unos días regresé al lugar donde transcurrió los años más felices de mi niñez. Me bañó la nostalgia. Aún con zapatos se me dificultó abrirme paso por los dientes de perros.  Reinaba la soledad. Pensé en mis compinches de la infancia: Yasmany alambrito, Yasser el Moco, Maikel pelusa, Tinillo, Léster, Robertico, extrañé el barullo, las risas, el chapaleteo en el agua, la despreocupación. Mi infancia fue feliz.

El césped era otro de nuestros lugares predilectos

Cada vez voy menos a la playa, pero el mar, específicamente aquel rincón donde crecí, fue por muchos años mi única añoranza. Mi existencia se resumía a levantarme tempranito y zambullirme en el inmenso azul, con mis amigos, que ya no están.

 

 

 

 

La altura del muro era impresionante, quien se lanzara desde ahí era el rey del barrio

 

La cueva del Tiburón, sin comentarios

 

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