Posteado por: arnaldomirabal | 6 septiembre, 2011

El llamado de la tierra

Cons sus 73 años a cuestas, Luis Miguel rebasó un derrame cerebral gracias al denuedo de doctores y familia

LUIS MIGUEL Aguerrebere Torres estuvo 18 días entre la vida y la muerte, tras sufrir un infarto cerebral. Al salir del hospital provincial Ramón López Tabranes y llegar a la finca sus familiares pensaron que el experimentado productor de piña nunca rebasaría la enfermedad. Una mañana, convaleciente en una silla de rueda, observaba la arboleda desde el silencio, y se incorporó. Tal pareciera que respondía al llamado de la tierra.

Luis Miguel tiene 73 años y le gusta improvisar, asemeja a esos guajiros descritos por Onelio Jorge Cardoso: enjuto de cuerpo, ágil de palabras y fluida conversación, hilvana versos a cuanto acontece, porque “del campo me gusta todo, ver las plantas crecer, alimentar a los animales, es la vida del guajiro”.

Aguerrebere, apellido bastante conocido en Los Arabos, cultivó la caña, pero el ganado suelto de una empresa colindante le perjudicaba. Con estirpe de vizcaíno, heredada de su abuelo, decidió dedicarse al cultivo de la piña.

Desde un taburete, el campesino Luis Miguel Aguerrebere lanza una décima al aire

“Con la siembra de esta fruta las cosas mejoraron, pude construirle una casa de mampostería a la vieja”, asegura Luis, quien  reconoce que aún está enamorado de su esposa Berta.

Aunque ya no realiza las duras labores agrícolas, cuenta con la ayuda incondicional del hijo varón que le regaló la vida, su yerno Carlos Mederos; aún así conoce del pi al pa los secretos de la reina de las frutas.

“La piña es bastante exigente, lleva mucho fertilizante. La siembra debe hacerse bien, es esencial la limpieza, las atenciones culturales”.

“La planta cuenta de tres retoños: el basal, alrededor de la fruta; el clavel, que sale de la mata vieja, y el criollo, el cual nace de la tierra al lado de la planta, pero es el basal el que se siembra, y prende que es una maravilla”.

Habla con propiedad del cultivo, pues lleva varias décadas lidiando con él. En más de la mitad de las siete hectáreas reina la piña, obteniendo hasta 600 quintales por cosecha.

Gusta caminar la arboleda atestada de frutales, como si le insuflara vida. A la sombra  de los caimitos, aguacates y mangos, lanza una décima: “Si yo poeta nací, poeta moriré/ aunque yo nunca estudié/ me siento muy feliz/ De la rama a la raíz/yo soy un hombre sincero/poeta verdadero/lo digo de corazón, siento profunda emoción/por ser lo que yo más quiero.

Al paso de los años sigue encontrando razones para vivir y asegura que no se molesta con nada. Con la serenidad de quien avistó la muerte, pleno de una vitalidad envidiable, sonríe, mientras se funde con la arboleda, como si esta le llamara.

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