Posteado por: arnaldomirabal | 9 julio, 2011

Un adiós habanero que llegó a Quito

Vamos tan presurosos que cuando reposamos, de vez en vez, la cabeza en el tiempo, descubrimos que la vida ha pasado de largo. Por ello, solo nos quedan los buenos momentos, efímeros siempre, unido a algún adiós, que por irremediable, pesa demasiado.

En apenas tres semanas se puede construir una historia tan indeleble, como tatuaje en la piel, y aunque la vida se compone de arribos y despedidas, nunca olvidaré aquel último adiós, en la Terminal Tres del Aeropuerto José Martí, con banda sonora de Calle Trece, y una muchacha hermosa llena de libros cubanos, quien además se llevó en una cartera tejida con yaguas de Palma Real, todas mis ansías y sueños rotos.

Luego de burlarnos del tiempo durante veinte días, de prolongar noches y construir sueños presurosos, hoy me queda el dulce sabor, amargo también, de haber conocido a alguien especial, quien me descubrió esa otra manera de enfrentar la existencia y mirar a las mujeres. Desde entonces me hice un poco feminista.

En el malecón habanero planeamos asaltar el jardín de Silvio Rodríguez, hallar sus duendes y descifrar el amor; conocí a trovadores latinoamericanos de la talla de Pedro Guerra, a Shaquira cantando a Silvio, me enseñó que en un país pobre y con escasas industrias, las estrellas brillan más.

Descubrí que una mujer que sabe de política y un millón de cosas más, con criterio propio, es más atractiva; que los colores alegres favorecen una bella figura y que el olor de una crema o un perfume queda grabado perpetuamente en los sentidos.

Supe también que no hay barrios sombríos ni edificios vetustos, asido a una bella dama todo cobra un halo poético y misterioso. Aprendí que las palabras que no se pronuncian en el instante preciso, nos pesan toda la vida, y que a la propia vida hay que tomársela muy en serio para llevarla con desenfado, porque la muerte existe y siempre nos acompaña.

Me revelaron que nunca nos preparamos para las despedidas; que las lindas historias sí llevan música, como en las películas, que un aeropuerto puede tonarse una funeraria, donde alguien entra y no sale jamás, llevándose algo íntimo y bello.

Que la Habana, al amanecer, asemeja a una joven dormida, que un hombre puede soportar una amargura extraordinaria y pasar desapercibido, que con Calle 13 se puede acompañar una linda historia, y que aunque los años pasen, vertiginosos, y se sucedan nuevas experiencias, siempre conservaremos aquel adiós habanero que aterrizó en Quito.


Responses

  1. Corre tras ella,no la dejes escapar…..

  2. Hay personas así, que nos dejan sin mapa. Aunque sigamos la cruz del sur en el agua…

    Te leo casi todos los días, pero de viernes en viernes intento encontrarme en tu blog… Te escribo (otra vez) este comentario que creí haberlo enviado hace una semana.

  3. muy lindo! a ver si creces…


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