Posteado por: arnaldomirabal | 2 julio, 2011

Lucius Walker volvió a Cuba, para siempre


Sin bombo y platillo, como las grandes obras que no gritan al universo para verles pasar, así llegaron los restos de uno de los incondicionales amigos de Cuba de todos los tiempos: Lucius Walker, hacedor de esperanzas, quien sumó su existencia a la pequeña isla cuando muchos decidieron mirar de reojo y esperar el desenlace fatal.
Me recuerdo de niño, en esa Cuba gris de los 90 -aunque para mi todo era felicidad y alegría- adornando mi barrio con mis amigos ante la llegada de los Pastores por la Paz. Días atrás la televisión había mostrado a un grupo de hombres y mujeres en forcejeo con policías norteamericanos, junto a la frontera con México, para impedir el paso de equipos médicos y computadoras para los niños cubanos. Presenciábamos las dos caras del Imperio.

Por tal razón barrimos y pintamos aceras, colgamos cadenetas, y dibujamos un gran cartel dónde se leía Welcome Pastors for Peace. Yo era un niño, desconocía el idioma y muchas otras cosas. Para mí un pastor era alguien de mirar ceñudo con una Biblia bajo el brazo. Pero quienes llegaron al barrio no dejaron de sonreír un momento, no con la risita del que mira por encima del hombro, como con falsa ternura, no, bailamos, cantamos, reímos como si nos conociéramos de toda la vida.
Eran los años difíciles del Período Especial, y esos amigos que hablan un español chamusqueado, vinieron a echarnos una mano, quizás económicamente no representó mucho, pero cada año, cuando en la frontera entre México y Estados Unidos había forcejeo, nos sentíamos un poco más fuertes, con más razones para seguir adelante.
En esos años comprendí los buenos sentimientos del pueblo norteamericano, sujetados por la mentira y desinformación diaria de la que son víctimas.
Cuando supe de la muerte de Lucius Walter sentí un gran vacío, la ausencia de alguien muy allegado a mí; al saber que sus restos llegaron a mi ciudad, al Seminario Evangélico de Teología, ubicado en una de las colinas del Abra Del Yumurí, los matanceros y los cubanos nos sentimos, desde hoy, menos solos, tras el retorno eterno de un buen amigo.

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