Yoani Sánchez, Bin Laden y el destino de Frankestein


No creo a Yoani Sánchez, ni a la camarilla de asalariados de la SINA, capaces de precipitarse contra un edificio, a no ser que en este haya grandes sumas de dinero; pero Yoanita, y la horda de mercenarios que le secundan, tienen puntos de contactos con Bin Laden: fueron creados para luchar por la libertad. Como toda creación las hay imperfectas, y no siempre obedecen a los designios de su amo, más el único ideal de los mercenarios cubanos es el dinero que les suministran.
Bin Laden, engendro de la administración Reagan, fue creado para luchar contra el comunismo soviético que se asentaba en Afganistán. El malvado terrorista pertenecía a una familia adinerada, propietaria de una parte de Microsoft y ¡Boeing!, como los que se estrellaron contra las Torres Gemelas.
Osama, el vil terrorista, estudió administración de empresas, y de la CIA aprendió como mover dinero a través de sociedades fantasmas y paraísos fiscales, construir explosivos y códigos cifrados para comunicarse.
Estados Unidos construyó el monstruo, cual Víctor Frankestein, pero el invento decidió caminar por sí mismo y se le escapó de las manos. Había que darle muerte a quien Reagan bautizara como luchador por la libertad.
La historia de Yoani Sánchez es más sencilla. En un país extremadamente culto y laico sería contraproducente una fanática religiosa, mejor una seudointelectual.
Los premios servirían para embaucar a parte del mundo. Pero esta vez el doctor Víctor- leáse USA- cometió otro craso error, ignorar al resto de los cubanos y su elevado índice de escolaridad.
Cada vez que premian a la también “luchadora por la libertad”, el pueblo cubano, sencillo y humilde, acusado de turba oficialista, sonríe ante los jadeos de ese esperpento devenido en literata. Y es que en la isla de la música sobra la verdadera literatura, la verdadera poesía.
Como olvidar que ayer Reagan agasajó a Osama como hoy Obama agasaja a Yoani; a aquel le obsequiaron armas y a esta dinero, celular y computadora. La diferencia radica en que Yoani no siente lo escribe, porque no es escritora, -aseguran que alguien lo hace por ella-. Si algún día ella decidiera caminar por sí misma tropezará y caerá de bruces, deshaciéndose como lo que realmente es: alucinaciones de una mente iletrada.

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