Hay, Madre, un día para ti…


Con tus ojos conocí el mundo, aferrado a ti aprendí a caminar. Tras las primeras caídas, tus manos y tu voz apaciguaron el dolor. A través de tus sentidos nombré las cosas, la primera palabra fue mamá.
Que dulce viajar con mi cabeza recostada en tu pecho, en ese entonces no pensaba en el cansancio de tus brazos. Eras muy grande, te creía inmune a las enfermedades.
Urgente acudiste ante mi llanto y secaste cada lágrima con dulzura. Debes saber que ya no lloro, no se si porque los hombres no lo hacen o simplemente no siempre estás tú para consolarme.
Hoy ensarto el hilo en tus agujas y al cruzar la calle te tomo de la mano, como hacías conmigo de niño. Quizás el mundo te resulte complejo -existe algo llamado Internet y guerras injustas- pero yo te ayudo a comprenderlo y hasta lo disfrazo para que vayas feliz.
El tiempo ha pasado, descubrí que envejecías, que eres más bien baja de estatura, pero nada habrá en mi vida más grande que usted, mamá.
Quizás se me escape un suspiro por un nombre de mujer, pero solo el tuyo permanecerá, hijo de ese sentimiento que no permite rupturas. El tiempo correrá presuroso y tú irás más despacio. Debes saber, madre, que aunque hay un día para ti, te llevaré el resto de los míos a mi lado.

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