Posteado por: arnaldomirabal | 20 abril, 2011

Parque sin sombra o alma sin parque

Lo recuerdo como hoy: era una tarde de marzo, me encontraba en una ciudad extraña y amaba a una mujer.

Me dirigía a ningún lugar mientras desembocaba en el ansiado Parque de Lennon. Quizás cerca del más grande músico del siglo XX, se me pegaría un poco de su ingenio para enamorarla.

Creía estar enamorado, aunque hasta ese instante veía al amor como un juego loco en el cual ganábamos en prudencia con los años. Manejaba la tesis de que en las relaciones humanas resultaba vital ocultar el “corazoncito”, entregarse a medias. No era cobardía, más bien una estrategia para emerger ileso.
“Amor”, nunca había entendido a quien se le había ocurrido encerrar un sentimiento tan grande en cuatros letras. “Putos poetas”- pensaba. Cuánta palabrería se habían gastado de la creación del alfabeto acá, y solo para describir un fenómeno tan sencillo descrito desde la ciencia como un fenómeno químico donde la dopamina liberada por la sinopsis, causa el  placer.
Pero quiénes eran más imbéciles, los científicos o los poetas. Ojalá todo fuera así de sencillo, Silvio sería premiado con Nóbel de Química y Mendel un juglar borracho. Entonces me inyectaría dopamina en el cerebro y pasaría la página.

Era más práctico que huir a un parque sin sombra, cerca de una estatua de bronce con una libreta de notas, y escribir la misma historia desde Cristo: “el sol sangra su despedida y yo pienso en ti”.

Mientras cavilaba sobre el “misterio amargo del amor” y me ahogaba en un pantano de cursilerías, unos turistas llegaron al parque para retratarse con el autor de Imagine.

Me vino a la mente la gran tragedia de la humanidad: los humanos somos buenos rindiendo pleitesía a lo inerte, aunque a pocos pasos un hombre languidezca.

Cerca de mí y frente a Lennon,  una pareja se besaba dándome la espalda, y peor me sentía. Ni los perros me hacían caso. Pasaban por mi lado como si yo fuera la estatua. Con la gran diferencia que hasta los canes conocen a los Beatles.

Había desandado casi un kilómetro para arribar a un parque desprovisto de follaje. Necesitaba como nunca de alguien presto a escucharme.
Esa mujer era un cisne negro. Me lastimaba, me resultaba insensible. Lo atinado sería escapar, alejarme, pero no quería hacerlo. Ella había irrumpido en mi vida sin permiso. Su risa destruía mi calma y estabilidad.
Era una especie de guerrillera sandinista y yo un soldadito de Somoza. Me neutralizaba solo con su presencia. Su nombre era musical como las olas. Con qué gusto me arrojaría a sus invernales aguas.

Minutos antes había corrido para apartarme y desterrarla de mi mente, y ya comenzaba a extrañarla. Iría donde ella, total, de amor nadie había muerto. Era preciso ser fuerte y asumir la angustia con estoicismo.

Solo me molestaba que un sentimiento tan inextricable se nombrara amor, cuatro letras, dos sílabas. Debería llamarse como una enfermedad terminal. Siderosis hepática estaba bien.
El tiempo se me antojaba un mercenario. En ese instante me rompía el alma y después se empeñaría en curarme y me haría olvidar.

De improviso solté una estruendosa carcajada que sacó de la somnolencia a un inocente viejito. Me reía de Lennon, empotrado en un banco por toda la eternidad en un parque sin sombra. Yo al menos podía levantarme y andar….


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